Usted, ciudadano trabajador, que sufre la infortuna de estar cesante y mendiga una oportunidad de trabajo, y que comienza a resignarse a una mayor pobreza; o usted, ciudadano trabajador, que disfruta de la frágil fortuna de tener una oportunidad de trabajo, pague más impuestos. La patria se lo ruega. Los diputados necesitan millones de quetzales para alimentarse, beber café, hidratarse, comunicarse telefónicamente y viajar a otros países.
Usted, ciudadano campesino, que comienza a trabajar antes de que el sol aparezca y prosigue su trabajo después de que el sol se oculta, y recorre largos caminos solitarios con pesada carga sobre su alma y su cuerpo, y se recrea en su propia resignación y saborea su propio sudor, pague más impuestos. La patria se lo ruega. Los diputados necesitan millones de quetzales para contratar centenares de asesores, asistentes personales y secretarias.
Usted, ciudadano artesano, que espera ansioso en la feria, en el mercado o en la orilla de la carretera, al elusivo comprador de la obra manual en la que ha consumido preciosas horas del día, o preciosos días de la semana, y que sobrevive más consolado por Dios que por el dinero que gana, pague más impuestos. La patria se lo ruega. Los magistrados del Organismo Judicial necesitan millones de quetzales para pagarse cuantiosas indemnizaciones por haber sido asombrosos prototipos de administradores oficiales de justicia.
Usted, ciudadano empresario, que ha invertido el dinero que ha ahorrado, o que ha invertido el dinero que le han prestado, y que crea oportunidades de trabajo, paga salarios y tiene que renovar diariamente su aptitud para competir, y cuya ganancia jamás es segura, pague más impuestos. La patria se lo ruega. El Presidente de la República necesita más dinero para disfrutar de su propensión turística, expandir el Ejército que lo escolta, indemnizar a víctimas ficticias de la época guerrillera, inflar la burocracia gubernamental, regalar dinero, multiplicar el gasto fiscal y pagar una creciente deuda pública, y hasta pagar decenas de millones de quetzales de intereses financieros por recursos crediticios ya otorgados, pero no utilizados.
Usted, ciudadano pobre, que si ya es pobre, no quiere ser más pobre, y que espera tener, en el reino de los cielos, alguna ínfima parte de la modestísima riqueza que esperaba tener en el reino de la Tierra; y cuyo trabajo, si lo tiene, le sirve más para sostener una esperanza que para mejorar una vida, pague más impuestos. La patria se lo ruega. Los organismos del Estado necesitan más dinero para incrementar las prestaciones laborales de una burocracia ineficiente y mejorar el bienestar de los dirigentes sindicales; y crear oportunidades de trabajo para miembros de partidos políticos, o amigos, o familiares.
Usted, ciudadano, hombre o mujer, o joven, adulto o anciano, pague más impuestos, por favor. Los gobernantes quieren ser más ricos, aunque usted sea más pobre. La miseria de usted, o la de su familia, no importa. Y jamás debe preocuparse por el destino de los impuestos que usted paga. Esa preocupación es un delito peor que el asesinato, el secuestro o el ultraje sexual; y merece la pena de muerte. En calidad de siervo miserable, súbdito despreciado, esclavo tributario, paupérrimo en rebeldía, y pródigo en resignación, usted sólo debe preocuparse por ganar más dinero para pagar más impuestos. Los gobernantes lo santificarán.
Post scriptum. Son sagrados, para los gobernantes, no los ciudadanos, sino los impuestos que pagan.