Romances bajo la llama olí­mpica


Durante la ceremonia de clausura de los Juegos Olí­mpicos de Atenas, en 2004, el pí­vot chino de los Houston Rockets Yao Ming desfiló de la mano de la basquetbolista Ye Li para hacer pública una relación que terminarí­a en boda en 2007 después de ocho años de noviazgo.


La confirmación de este romance de altura es sólo un ejemplo de los flechazos que han marcado la historia más reciente de los Juegos Olí­mpicos, y que no deberí­an faltar en Pekí­n.

A la espera de los romances que puedan nacer bajo la llama olí­mpica, el Centro Acuático Nacional será sin duda el centro de todas las miradas en Pekí­n, más aún cuando la pareja de oro de la natación australiana, Stephanie Rice y Eamon Sullivan, han roto justo antes de los Juegos.

Rice, que batió el récord del mundo en 200m y 400m estilos a principios de años, y Sullivan, actual plusmarquista mundial de 50m libre, favoritos a ganar una medalla de oro en Pekí­n, decidieron dejar de lado sus dos años de amor para centrarse en su conquista de la gloria olí­mpica.

Menos tiempo dura la historia entre la italiana Federica Pellegrini, plusmarquista mundial de 400m libre y cuarto mejor crono de todos los tiempos en 200m, y su compatriota Luca Marin, especialista del 400m estilos.

Después de una tormentosa relación con la francesa Laure Mannaudou, con devolución de anillo incluido y unas fotos eróticas de la nadadora colgadas en internet, Marin encontró a principios de año consuelo en los brazos de Pellegrini, que además de quedarse con el ex de la francesa, se apoderó también de su récord del mundo en 400m libre.

Amor o venganza, nadie en la piscina querrá perderse el próximo capí­tulo de este culebrón.

Pero no sólo los deportistas caen rendidos al embrujo olí­mpico, los miembros de la realeza no están exentos de ser alcanzados por las flechas de Cupido.

Así­, la Infanta Cristina, miembro del equipo olí­mpico de vela en los Juegos de Seúl de 1988, encontró el amor en Atlanta-96, cuando el portero de waterpolo Jesús Rollán, plata en Barcelona, hizo de «celestina» con el jugador de balonmano Iñaki Urdangarí­n, medalla de bronce en Atlanta y Sydney.

En Sydney, el prí­ncipe heredero Federico de Dinamarca conoció durante los Juegos a Mary Donaldson, abogada que trabajaba como responsable de cuentas de la agencia «Love», una casualidad del destino.

Pero el momento más famoso en el que las historias del corazón tuvieron mayor relieve que las noticias deportivas sucedió en Melbourne en 1956 en una romántica historia que por un momento hizo temblar el Telón de Acero.

El estadounidense Harold Connolly ya habí­a ganado la medalla de oro en martillo cuando se fijó en la lanzadora de disco checoslovaca Olga Fikotova. Ella habí­a ganado el oro en su prueba 24 horas antes, y ambos se conocieron mientras celebraban sus respectivos triunfos. Un idilio «polí­ticamente incorrecto» en la época en que la Guerra Frí­a era más fuerte.

Los obstaculos diplomáticos eran enormes, pero Connolly apareció en Praga diez dí­as después de los Juegos para pedir una audiencia con el presidente checo, que dio su aprobación al enlace. Connolly y Fikatova se casaron en una ceremonia civil a la que asistieron 40 mil personas. Por desgracia, no todas las historias de amor tienen un fina feliz, y la pareja se divorció en 1973.

En Pekí­n, donde más de 10 mil atletas participarán con sueños de conquistar una medalla, Cupido podrí­a volver a marcar la historia olí­mpica.