Me debato una y otra vez de cómo debería de iniciar con este artículo. Para mí, la semana pasada fue una de las semanas más difíciles de mi vida, porque Rodrigo Rosenberg era mi hermano, mi amigo, mi colega y mi mentor.
pmarroquin@lahora.com.gt
Conforme va pasando el tiempo, se me agolpan a la memoria todas aquellas pláticas que sostuvimos con Rodrigo, con quien soñábamos con una mejor Guatemala.
Desde que lo conocí hace 10 años, me sentí identificado con él porque me di cuenta que compartíamos principios fundamentales y vitales para cambiar el país.
Rodrigo era de aquéllos que consideraba que los actos de corrupción eran repudiables sin importar la clase social de quien los cometía. Era de aquéllos que entendía que el país no había mejorado porque siempre prevalecía el interés personal al nacional. Participó en política y se retiró asqueado porque vivió en carne propia cómo en Guatemala se hacen proyectos políticos para hacer millonarios a la rosca del mismo, sin que el país sea una prioridad.
En Guatemala todos sufrimos y eso lo tenía bien claro Rodrigo, quien ayudaba a la gente sin importar si era pobre o rico, ladino o indígena, discapacitado o no, pues él consideraba que «un acto de gentileza a la vez» iba a cambiar este país, como literalmente repetía a cada rato.
Por eso y más, yo les puedo asegurar que Rodrigo Rosenberg entendía que tener un nuevo Presidente de Guatemala es, si acaso, un pequeño paso al cambio. Rodrigo quería un mejor Congreso, una mejor Corte Suprema y jueces; quería una Guatemala sin privilegios y sin tráfico de influencias; sin contrabando y sin defraudación fiscal y sobre todo, quería que aquéllos que la hicieran, la pagaran.
La semana pasada fueron miles de personas las que salieron a las calles a pedir la renuncia del Presidente y a pedir justicia en el caso de Rodrigo, pero en realidad debemos de manifestar porque en Guatemala la vida vale tan poco, porque aquí se castiga al que no hace nada y se libera y engrandece a los ladrones, asesinos e inescrupulosos. Debemos de protestar porque aquí todavía se muere la gente de hambre, porque no hay salud y educación decente.
 Ojalá, en este duro camino que se avecina para Guatemala, honremos la memoria de Rodrigo y de los miles de guatemaltecos que han perdido la vida y sigan siendo miles los que salen a las calles, los que exigen un Estado más eficiente, una justicia pronta y cumplida, la eliminación de privilegios, entre muchos otros cambios que nos hacen falta.
No sigamos el juego de los típicos políticos que solo buscan llegar al poder para beneficio propio y no del país, porque ellos y nuestra permisividad, es lo que nos ha hundido y nos seguirá perjudicando cada día más.