Eduardo Blandón
Un escritor no se acredita de la noche a la mañana. Necesita de mucho trabajo para convencer a la crítica y acostumbrar a los lectores a manjares nuevos. Hay una especie de domesticación del paladar que, a fuerza de edulcorar la lengua, termina convenciendo y aficionando. Un buen escritor es quien provoca adicción.

Rodrigo Rey Rosa es de esos escritores con trayectoria. Se caracteriza, a mi manera de ver, por la continuidad de su esfuerzo creativo reflejado en la variedad de su obra. Esta característica le ha permitido no sólo una madurez en materia de técnica literaria, sino en la cristalización de sus ficciones. Y ésta es una virtud que todo bisoño de la creación artística debe saber imitar.
El arte no se improvisa, requiere ejercicio perseverante y aplicación religiosa. Es casi imposible la sublimidad estética desde la improvisación, la carrera y el amateurismo. Trabajar un texto exige votos y como tal no admite infidelidad. Decir amar las letras significa desvivirse por ella, morir por ella. Lo contrario es la vida del eterno novicio, del que ensaya a ser escritor, se prepara para el momento decisivo, pero nunca da el paso.
La consagración es producto del trabajo laborioso, pero no sólo. Requiere también de humildad franciscana. El monje de la escritura debe estar atento al viento que sopla y es portador de sabiduría. Sólo quien escucha se hace merecedor de los bienes celestes reservado a los benditos (que eso son los escritores). La gracia divina comporta permeabilidad sensible.
Desafortunadamente hay escritores sordos o encapsulados en su arrogancia. La soberbia de sentirse «especiales» (sin serlo por supuesto) les incapacita para el arte. En realidad son proyectos frustrados, sueños no realizados, vocaciones fallidas por la altanería, la ceguera y la inmadurez. Una piel hipersensible impidió cualquier asomo de luz en la dermis atrofiada del eterno novicio de las letras.
Afortunadamente Rey Rosa supera los vicios del escritor medio al presentar un trabajo de virtudes. En primer lugar porque el libro descubre la labor de un obsesionado por la palabra. Esto siempre ha sido meritorio en un texto, pero más aún hoy donde la urgencia gobierna las costumbres. Quien lee el libro puede darse cuenta que el autor es un arquitecto de la oración que calcula dimensiones y edifica con sentido del gusto.
La atención concentrada del autor no le impide, sin embargo, imaginar. La recreación permite la construcción de historias humanas que aderezadas con hechos concretos producen verosimilitud. Hay un mundo presentado por Rey Rosa que es real y estimula el pensamiento para confrontarlo con las visiones propias. La obra en este sentido es propuesta que puede ser aceptada o rechazada.
¿Cómo es el universo de Rey Rosa en la presente obra? En primer lugar, cruel. Aquí el ser humano es, como dice el título, «material», cosa, objeto. El libro ofrece el testimonio de cómo ha sido tratado el guatemalteco medio por quienes han hecho (o hicieron) política y protagonizado el enfrentamiento armado interno. La violencia ha sido el pan de cada día, las ofensas a la vida, la humillación, la delación. El planeta dibujado por el escritor es sombrío y triste.
La oscuridad del texto se manifiesta también en la falta de rostro de quienes forman parte de un enorme archivo. Los guatemaltecos tienen nombre, participan de un número que los identifica, pero no tienen rostro. De aquí la impersonalidad vivida y las relaciones inauténtica y original de quienes habitan el país. Pero si para nosotros el nombre y el número es poco, para quienes llevan registros es todo.
Por eso la importancia de los archivistas y los delatores. Ser oreja y llevar la cuenta del prójimo es vital es un país acostumbrado a la vigilancia. Esto provoca miedo y suspicacia. En el país de Rey Rosa no se puede sino vivir con miedo y preocupación. El ciudadano espera pacientemente el momento en que le toca la rueda de la fortuna.
Y como hay humillaciones, secuestros, robos y tragedias no es rara la participación familiar en alguna de las historias. Como le sucede al propio Rey Rosa, que es el protagonista del diario que escribe. El escritor descubre al final de la novela, al responsable del secuestro de su madre, «sin querer queriendo». Eso sucede en el país, uno halla cosas, recibe información, sin buscarla, de manera accidental.
Otra realidad presentada en «El material humano» tiene que ver con los viajes que realiza el protagonista al extranjero. Viajar en Guatemala no es un lujo. Es una necesidad exigida por la falta de aire. Buscar oxígeno es un imperativo en un país que asfixia. Se viaja por placer, pero sobre todo por escapar de la rutina, huir de la persecución.
En un intento por compendiar un mundo caracterizado por la perversidad y falta de relaciones auténticas (más allá de las experiencias familiares), el libro concluye sugestivamente de la siguiente forma.
«Lunes, de noche. Hotel Caimán.
En el Pacífico con Pía, que tiene vacaciones.
Yo estaba tratando de ordenar estas notas, esta colección de cuadernos, cuando ella, que desde hacía unos minutos insistía en que le contara un cuento, me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que estaba tratando de armar un cuento.
-¿Para niños? -me pregunta.
Le digo que no.
-¿Para grandes?
Le digo que no sé, que tal vez es sólo para mí.
-¿sabes cómo podría terminar? -me dice.
Niego con la cabeza.
-Conmigo llorando, porque no encuentro en ninguna parte a mi papá -responde.»