Rí­o celebra el bicentenario


Aní­bal Cavaco Silva, presidente de Portugal, partició en la celebración del bicentenario de la llegada de la Corte Portuguesa a Brasil, lo que fue considerado como fundamental para el desarrollo de ese paí­s sudamericano.

Rí­o de Janeiro inició ayer la celebración del bicentenario de la llegada de la Corte Portuguesa que convirtió a una sucia y atrasada ciudad en capital de un imperio europeo y abrió camino al Brasil moderno.


Los presidentes Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil, y Antonio Cavaco Silva, de Portugal, dieron la largada a la conmemoración en el Museo Histórico Nacional de Rí­o de Janeiro al inaugurar una exposición que forma parte de un calendario de actividades que se extenderán durante todo 2008 en ambos paí­ses.

La Corte Portuguesa permaneció 13 años en Rí­o de Janeiro y la entonces pequeña ciudad ganó estatura de capital de uno de los más grandes imperios europeos del siglo XIX.

Tras la invasión de Portugal por las tropas de Napoleón en 1807, el prí­ncipe regente Juan -más tarde rey Juan VI- y su Corte huyeron de Lisboa hacia su colonia sudamericana y tras una travesí­a de cien dí­as desembarcaron en Rí­o de Janeiro el 8 de marzo de 1808.

Con las tropas francesas a las puertas, unas 10 mil personas, entre nobles y funcionarios, abordaron 36 naví­os acompañando a Juan y a su madre, la reina Marí­a.

«Despacio. Se van a creer que estamos huyendo», decí­a Marí­a, acaso para no perder la dignidad. Sin embargo, en la caótica partida, quedaron abandonados en los muelles unos 60 mil libros de la Biblioteca Real y miles de baúles con joyas y obras de arte que no hubo tiempo de embarcar.

La flota cruzó el Atlántico escoltada por la Armada británica y tras cien dí­as de travesí­a llegó a la Bahí­a de Guanabara, en Rí­o de Janeiro, el 7 de marzo de 1808.

Los soberanos pisaron tierra al dí­a siguiente. Se encontraron entonces con una urbanización de apenas 46 calles sucias y malolientes por las cuales circulaban sus 60 mil habitantes; 12 mil de ellos esclavos.

La corona portuguesa habí­a prohibido toda demostración de lujo. Ni siquiera los más ricos podí­an ostentar su fortuna, por lo que para la Corte el panorama era desolador y en nada podí­a compararse a la fastuosidad de Lisboa.

«Los portugueses limitaron tanto los gastos de la colonia que cuando llegaron no encontraron nada», explicó el historiador Nireu Cavalcanti. Hubo que organizar desde el alojamiento hasta el esparcimiento de los nobles así­ como los centros de administración propios de una metrópolis.

En los 13 años en los que la Corte Portuguesa permaneció en Rí­o de Janeiro, la ciudad cambió de cara. Juan, ungido rey en 1818, inició un proceso de transformaciones que modernizaron tanto a Rí­o de Janeiro como a todo Brasil.

A instancias del rey Juan se crearon la Biblioteca Nacional, el Banco de Brasil y la Guardia Real; embrión de lo que serí­a después la policí­a. El rey reestructuró la Academia Militar, que se encargaba de la formación de ingenieros y arquitectos, y fundó instituciones como la Real Academia de la Marina y la Academia de Bellas Artes.

Teatros e iglesias florecieron y se abrió el fastuoso Jardí­n Botánico para satisfacer al monarca fanático de las plantas y que es hasta el dí­a de hoy uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.

Al regresar a Lisboa en 1821, el rey dejó una ciudad más civilizada y con una población de 112 mil habitantes; unos 50 mil de ellos esclavos.

La vocación festiva, que es actualmente una de las caracterí­sticas de Rí­o de Janeiro, fue alentada por el monarca. A Juan le gustaba que el pueblo participase del «entrudo», una fiesta callejera que precedió las celebraciones cariocas del Carnaval que hoy distinguen a Rí­o de Janeiro en todo el mundo.