Rincón LITERARIO



El que inventó la pólvora

(fragmento)

Carlos Fuentes

escritor mexicano

Uno de los pocos intelectuales que aún existí­an en los dí­as anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tení­a Aldous Huxley. Aquel intelectual -titular de la misma cátedra de sociologí­a, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades-, recordaba todaví­a algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluí­a la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reí­do, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos dí­as, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrí­nsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habí­amos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hací­a inteligible. í‰ramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mí­a cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancí­a era algo así­ como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolí­a.