Rincón LITERARIO



Una novelita lumpen

(fragmento)

Roberto Bolaño

escritor chileno

Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente. Mi hermano y yo nos habí­amos quedado huérfanos. Eso de alguna manera lo justificaba todo. No tení­amos a nadie. Y todo habí­a sucedido de la noche a la mañana.

Nuestros padres murieron en un accidente automovilí­stico durante las primeras vacaciones que hicieron solos, en una carretera cercana a Nápoles, creo, o en otra horrible carretera del sur. Nuestro coche era un Fiat amarillo, de segunda mano, pero que parecí­a nuevo. De él sólo quedó un amasijo de hierros grises. Cuando lo vi, en el deshuesadero de la policí­a donde habí­a otros coches accidentados, le pregunté a mi hermano por el color.

-¿No era amarillo?

Mi hermano dijo que sí­, claro que era amarillo, pero eso fue antes. Antes del accidente. Las colisiones deforman el color o deforman nuestra manera de percibir el color. No sé qué quiso decir con eso. Se lo pregunté. Dijo: luz… color… todo. Pensé que el pobre estaba más afectado que yo.

Esa noche dormimos en un hotel y al dí­a siguiente volvimos a Roma en tren, con lo que quedaba de nuestros padres, y acompañados por una asistente social o una educadora o una psicóloga, no lo sé, mi hermano se lo preguntó y yo no oí­ la respuesta pues iba mirando el paisaje por la ventana.

En el entierro sólo apareció una tí­a, hermana de mi madre, y detrás de mi tí­a aparecieron sus hijas atroces. Yo miré a mi tí­a todo el rato (que tampoco fue mucho) y en más de una ocasión creí­ descubrir una media sonrisa en sus labios, o a veces una sonrisa entera, y entonces supe (aunque en realidad ya lo sabí­a desde siempre) que mi hermano y yo estábamos solos en este mundo. El entierro fue breve. A la salida del cementerio besamos a nuestra tí­a y a nuestras primas y ya no las volvimos a ver. Mientras caminábamos a la estación de metro más próxima, le dije a mi hermano que mi tí­a habí­a sonreí­do, por no decir que abiertamente se habí­a carcajeado, mientras introducí­an los ataúdes en sus respectivos nichos. Me contestó que él también se habí­a dado cuenta.