Rincón LITERARIO



La verdadera historia

Bernal Diaz del Castillo

COMO hubo llegado Gonzalo de Sandoval con gran presa de esclavos, y otros muchos que se habí­an habido en las entradas pasadas, fue acordado que luego se herrasen; y de que se hubo pregonado que se llevasen á herrar á una casa señalada, todos los más soldados llevamos las piezas que habí­amos habido, para echar el hierro de su majestad, que era una G, que quiere decir guerra, según y de la manera que lo tení­amos de antes concertado con Cortés, según he dicho en el capí­tulo que d’ello habla, creyendo que se nos habí­a de volver después de pagado el real quinto, que las apreciasen cuánto podí­an valer cada pieza; y no fué ansí­, porque si en lo de Tepeaca se hizo muy malamente, según otra vez dicho tengo, muy peor se hizo en esto de Tezcuco, que después que sacaban el real quinto, era otro quinto para Cortés y otras partes para los capitanes; y en la noche antes, cuando las tení­an juntas, nos desaparecieron las mejores indias. Pues como Cortés nos habí­a dicho y prometido que las buenas piezas se habí­an de vender en el almoneda por lo que valiesen, y las que no fuesen tales por menos precio, tampoco hubo buen concierto en ello, porque los oficiales del rey que tení­an cargo d’ellas hací­an lo que querí­an por manera que si mal se hizo una vez, ésta vez peor; y desde allí­ adelante muchos soldados, que tomábamos algunas buenas indias, porque no nos las tomasen, como las pasadas, las escondí­amos y no las llevábamos á herrar; y decí­amos que se habí­an huí­do; y si era privado de Cortés, secretamente la llevaban de noche á herrar y las apreciaba en lo que valí­an y les echaban el hierro y pagaban el quinto; y otras muchas se quedaban en nuestros aposentos, y decí­amos que eran naborias que habí­an venido de paz de los pueblos comarcanos y de Tlascala. También quiero decir que como ya habí­a dos o tres meses pasados que algunas de las esclavas que estaban en nuestra compañí­a y en todo el real conocí­an á los soldados cuál era bueno é cuál malo, y trataba bien á las indias naborias que tení­a ó cuál las trataba mal, y tení­an fama de caballeros, y de otra manera las vendí­an en el almoneda, y si las sacaban algunos soldados que las tales indias ó indios no les contestaban ó las habí­an tratado mal, de presto se les desaparecí­an que no las veí­an más y preguntar por ellas era por demás; y, en fin, todo se quedaba por deuda en los libros del rey, ansí­ en lo de las almonedas y los quintos; y al dar las partes del oro se consumió, que ningunos ó muy pocos soldados llevaron partes, porque ya lo debí­an, y aún muchos más pesos de oro que después conbraron los oficiales del rey. Dejemos esto, y digamos cómo en aquella sazón vino un naví­o de Castilla, en el cual vino por tesorero de su majestad un Julí­an de Alderete, vecino de Tordesillas, y vino un Orduña el viejo, vecino que fue de la Puebla, que después de ganado Méjico trajo cuatro ó cinco hijas, que casó muy honradamente; era natural de Tordesillas; y vino un fraile de San Francisco, que se decí­a fray Pedro Melgarejo de Urrea, natural de Sevilla, que trajo una bulas de señor San Pedro, y con ellas nos componí­an si algo éramos en cargo en las guerras en que andábamos; por manera que en pocos meses el fraile fue rico y compuesto a Castilla; trajo entonces por comisario y quien tení­a cargo de las bulas, á Jerónimo López, que después fué secretario en Méjico; vinieron un Antonio Carvajal, que ahora vive en Méjico, ya muy viejo, capitán que fué de un bergantí­n; y vino Jerónimo Ruiz de la Mota, yerno que fue, después de ganado Méjico, del Orduña, que ansimismo fue capitán de un bergantí­n, natural de Burgos; y vino un Briones, natural de Salamanca; á este Briones ahorcaron en esta provincia de Guatemala por amotinador de ejércitos, desde á cuatro años que se vino huyendo de lo de Honduras; y vinieron otros muchos que ya no me acuerdo, y también vino un Alonso Diaz de la Reguera, vecino que fué de Guatemala, que ahora vive en Valladolid; y trajeron en este naví­o muchas armas y pólvora, y, en fin, como naví­o que vení­a de Castilla, é vino cargado de muchas cosas y con él nos alegramos, y de las nuevas que de Castilla trajeron no me acuerdo bien; más paréceme que dijeron que el obispo de Burgos ya no tení­a mano en el gobierno, que no estaba su majestad bien con le desque alcanzó á saber de nuestros muy buenos é notables servicios, y como el obispo escribí­a a Flandes al contrario de lo que pasaba y en favor de Diego Velásquez, y halló muy claramente su majestad ser verdad todo lo que nuestros procuradores de nuestra parte le fueron á informar, y á esta causa no le oí­a cosa que dijese.