Rincón LITERARIO



Sanchos metidos a quijotes

Mario Roberto Morales

Por muy devaluado que el quijotismo se encuentre en esta época de modas pragmáticas e individualismos aislantes, la ensoñadora actitud de luchar contra dragones y rescatar dulcineas amenazadas por malignos no deja de seducir tanto a listos como a incautos. La tentación de ser reconocido como quijote (léase: como héroe, aunque serlo implique el ridí­culo) es muy grande, y muchos estás dispuestos a pagar el precio, que consiste en fingir hasta que cierto público convierte al aprendiz de caballero andante en una celebridad local, probablemente candidateable para cualquier puestecillo burocrático de colorida notoriedad local.

Lo que le hace falta a alguien que quiere ser reconocido como quijote es crearse la imagen de tal mediante una decidida incursión por los campos en busca de causas qué defender. Se trata de encontrar una dulcinea desprotegida (o bien, inventársela), idealizarla y dedicarse a defenderla de los supuestos monstruos malignos que la quieren destruir o cuando menos denigrar. Al igual que el caballero de la triste figura, nuestro improvisado quijote enarbolará una suicida actitud altruista y la llevará hasta las cumbres de la autoinmolación posible por su dulcinea y, así­, habrá satisfecho a cabalidad sus locas fantasí­as. Esta es la manera más expedita de hacerse una imagen de quijote, de ser un quijote local, a expensas de su dulcinea.

Pero para devenir quijote hace falta tener alguna pasta de quijote: hay que tener tenacidad (y nuestro aprendiz la tiene), hay que tener persistencia (y nuestro aprendiz la tiene), hay que tener fantasiosidad (y nuestro aprendiz la tiene), hay que tener esbeltez y creatividad…

La cosa se torna un poco estrambótica cuando nuestro aspirante a quijote resulta ser alguien mejor equipado por natura para ser un sancho. Y puede tornarse tragicómica cuando observamos que nuestro obeso personaje quiere cambiar el burro del escudero por el jamelgo de su amo, o cuando intenta convertir la incertidumbre en certeza y la torpeza en poesí­a. En fin, Watson queriendo ser Sherlock, Sancho queriendo ser Don Quijote, el cebo queriendo ser manteca puede constituir un espectáculo grotesco el cual sólo provoque pena. Una profunda cuanto prudente pena.

Pero qué le vamos a hacer: este mundo está lleno de sanchos que quieren desesperadamente ser reconocidos como quijotes, y por ello ensillan su rocinante, inventan su dulcinea, sus molinos de viento, sus dragones, y se lanzan a la defensa de lo indefendible con la chistosa y lerda movilidad del escudero que asume infructuosamente la agilidad y la elocuencia demente de su admirable amo. Para ello, ejercitan la prosa periodí­stica y la poesí­a de salón con la delicadeza de dos elefantes retozando en una cristalerí­a.

Ciertamente, la solemnidad pretendida del quijotismo está devaluada en esta época posheroica de omnipotencia del mercado. Sin embargo, la comicidad del sanchismo está más de moda que nunca porque los bufones son muy necesarios en medio de la aridez mercantil dizque sin ideologí­as. Es por ello curioso advertir cómo hay tantí­simas maneras de alcanzar la notoriedad local sin renunciar a ser un héroe, aunque serlo implique el ridí­culo. Es el precio que pagan los sanchos por ser quijotes.

Moraleja: si no puedes ser un quijote, aviéntate a ser un sancho. El resultado puede ser el mismo: serás un hazmereí­r, pero un hazmereí­r reconocido.