Sesenta y seis años atrás, el 20 de octubre de 1944, las retrógradas y abusivas estructuras políticas y sociales imperantes en Guatemala fueron sacudidas por el alba de la Revolución, la cual avanzó ampliamente durante diez años logrando avances medulares en materia social y económica. Sin embargo, la aniquilación de la Primavera, ejecutada por la cobarde intervención de los Estados Unidos en 1954, abrió las puertas a las terribles dolencias que aún hoy padecemos.
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En ese marco histórico, en medio del cual se encuentra la recuperación paulatina de la democracia guatemalteca con todo y sus flaquezas; persiste, ante el dominio de un sistema mentiroso y fracasado en su (falaz) búsqueda del bien común; la necesidad de retomar aquellos modelos que, bajo ninguna circunstancia (y pese a los minusválidos argumentos de todas las derechas existentes) se han vuelto obsoletos.
La intervención estadounidense de 1954 en Guatemala, que concluyó con el golpe de Estado que derrocó al presidente Jacobo írbenz Guzmán, tuvo el apoyo incondicional de la oligarquía y por ende, del Ejército. Desde entonces, ese sector retomó el poder y profundizó en su visión militar del Estado, la cual golpeó severamente al país y le hizo retroceder grotescamente.
Ese sistema que todavía impera se ha extendido no sólo hacia lo político sino hacia lo cultural y educativo: Así, por surrealista que parezca, en las universidades privadas «El Manifiesto Comunista» (Marx-Engels), es utilizado como un libro de Ciencia Ficción, mientras que «1984» (George Orwell) es un manual de Ciencia Política.
En esa deplorable crisis social provocada por ese sistema oligárquico-capitalista, es imprescindible reivindicar los triunfos de la Revolución del 44, como la aprobación del Código de Trabajo vigente, la creación del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, la autonomía universitaria; entre muchas otras.
Esa reivindicación continúa vigente en las luchas populares que en la actualidad resisten, las cuales no han perdido el vínculo con el movimiento transformador y revolucionario de aquel octubre. Su lucha guarda la esencia de las demandas obreras, campesinas e indígenas; referentes a la refundación de un Estado igualitario en lo económico, educativo y cultural, y la búsqueda de una libertad que impere sobre el falso «valor» que da el consumo.
Las palabras del gran líder revolucionario Fidel Castro no han perdido vigencia: «Revolución es sentido del momento histórico, es cambiar todo lo que debe ser cambiado, es igualdad y libertad plenas, es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos, es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos, es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional (…) es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas».
Hoy, en medio de un sistema en el que la burguesía controla los medios de producción y comunicación, la política y la justicia; y ejerce su influjo capitalista y perverso en la cultura de las nuevas generaciones; la resistencia indígena, campesina, sindical, popular y organizada sigue siendo símbolo dialéctico de la vigencia de la Revolución de octubre. La derecha golpista sigue siendo el gran enemigo de los Estados y no deja cumplir con los necesarios ideales humanistas de la gesta revolucionaria. Por eso y mucho más: ¡Que viva la Revolución y que continúe la Resistencia!