Revolución, temor y dolor


Hasta la palabra Revolución causa pavor o desconfianza en muchos sectores de la sociedad guatemalteca. La palabra nos remite a cambios estructurales que siempre tienen que ver con la incomodidad que lleva consigo la transformación dolorosa de las formas tradicionales y profundamente arraigadas en los modos de ser y de relacionarnos con nuestros semejantes, en el universo social y polí­tico en el que hemos nacido y en el que necesariamente nos movemos.

Milton Alfredo Torres Valenzuela

Toda revolución implica cambios formales y estructurales, en lo individual y en lo colectivo. Todo impulso de cambio tiene que enfrentar la reacción de las formas y estructuras establecidas que, por naturaleza, ofrecen resistencia por cuanto está en juego su misma existencia.

De lo anterior se sigue que toda Revolución es violenta, por cuanto la resistencia es lucha a muerte contra el cambio revolucionario, lo que implica, necesariamente: tensión, desgaste, riesgo de pérdida y, por lo tanto, dolor.

Muchas veces el temor no está determinado, tanto por el riesgo del cambio radical, como por el riesgo al dolor. Es el dolor por la posibilidad de la pérdida lo que, según mi criterio, impide la instauración de procesos revolucionarios, estables, auténticos y viables.

El dolor se manifiesta en muy diversas especies cuyos matices son infinitos, mas, tratando de captar las especies desde un ángulo general y ubicándonos en un contexto especí­fico como el nuestro, notamos que el riesgo de dolor más inmediato lo constituye la pérdida de las posesiones que son medio de riqueza, por ejemplo, los medios de producción y, dentro de éstos, posiblemente el más preciado, es decir, la tierra.

Hace algunas décadas se creí­a que la expropiación era una manifestación revolucionaria, tal vez la más radical, sin tomar en cuenta que, más que la tierra en sí­ misma, es la riqueza que emana de su explotación lo más importante. Riqueza que debe socializarse metódicamente evitando al máximo el dolor y el resentimiento que pueda generar su socialización. Claro está que, sea como sea: expropiación o socialización de la riqueza, ambos procesos son indudablemente, dolorosos.

Así­, todo proceso revolucionario es, por naturaleza, doloroso.