Al empezar el año 1944 Guatemala vivía bajo una dictadura feroz de la que parecía imposible salir porque el tirano tenía el pleno control de la situación y no se veía luz al final del túnel. No existían fuerzas políticas organizadas con capacidad para representar una alternativa y en enero de ese año el panorama era gris, sombrío y desalentador.
En el mundo se libraba la guerra contra las dictaduras nazista y fascista y las llamadas democracias estaban luchando heroicamente para derrotar al oscurantismo, pero en nuestro país la sociedad vivía bajo el terror impuesto por la dictadura unipersonal de Jorge Ubico.
Pero hay que leer el libro de Manuel Galich, «Del Pánico al Ataque» para comprender cómo se gestó el movimiento revolucionario que logró derrocar a Ubico a mediados de ese mismo año y en octubre puso fin a su apéndice representado por el general Federico Ponce, quien como su mentor, pretendía eternizarse en el cargo de Presidente de la República.
Son momentos especiales de la historia que no se pueden predecir con facilidad. Repetimos que en enero de ese año 1944 el ánimo de los hombres libres del país estaba por los suelos porque estaba iniciando el año catorce de la dictadura de Ubico y no parecía haber en el horizonte alternativa. Muchas veces los pueblos ven cómo de la noche a la mañana, por acontecimientos que son impredecibles, cambia por completo el panorama y yugos que parecen invencibles, como esa dictadura o como puede ser hoy el control que ejerce el crimen organizado en las estructuras mismas del Estado y su influencia en la sociedad, terminan derrumbándose por la combinación de factores que hacen que se produzca un haz de voluntades.
El 20 de Octubre de 1944 fue una revolución enorme para los parámetros de la época y sus logros pueden parecer pocos a la luz de nuestra realidad actual, pero en su dimensión histórica cambió profundamente al país. Y sigue siendo un referente para todos aquellos que de alguna manera quieren construir una patria diferente, una patria en la que se respete por parejo el Estado de Derecho y en la que prevalezca tanto el ejercicio de los derechos civiles como el cumplimiento de los deberes cívicos.
Hoy, como en enero del 44, no se ve luz al final del túnel, pero los fenómenos sociales tienen una dinámica especial que producen resultados inesperados por causas que cuesta mucho distinguir. No creemos posible en el corto plazo una transformación de nuestra realidad como la que vivió la generación del 44, pero tampoco se puede negar rotundamente esa posibilidad por remota que pueda ser. Los jóvenes de aquella época marcaron un camino que hoy está enmontado e intransitable, pero que de pronto puede ser de nuevo vía.