«He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola».Â
Borges
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Tengo el corazón henchido, hinchado, repleto, preñado de azul, matizado con verde, jaspeado, brillante como el sol del mediodía en la vereda de San Juan; lleno, como la lancha que busca San Pedro, como el panal en mi ventana, como la calle Santander en pleno Festival; radiante como los ojos de Joaquín, como la estrella que me persigue, como cucaya en celo.
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Poseo un optimismo desconocido, un sueño de permanencia, historias que remedar, vidas para querer; colores nuevos en mi imaginario apodados como los santos de un almanaque de ferretería, texturas olorosas a aguacate, cerro y empedrado; lloviznas de maullidos con acento francés.
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Siento una alegría inusitada, canciones rebotando en mis falanges, sabores por venir.
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Retengo el ascenso de San Antonio al compás del tul refrescado, como el temblor del colibrí plumas añiles y dibujo la sombra dorada del cerro divo, inspiración, estímulo, poema; divago pensando la canción de Imbervalt, suspiros perdidos del palo de hormigo de Ixim, míos, suyos, de la luna.
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Me acoplo al abrazo bienvenido de San Lucas, notorio, ostentoso, fulguroso, montículos vivos, candentes, en espera; llamó a Cardoza, a Vallejo, revivo a Girondo, siento las palabras como el tacto de un galo y me elevó, nube, troposfera, estratosfera… exosfera.
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Tengo la sonrisa en el cabello que baila como la música de guardabarranco, los ánimos empujados por el xocomil; soy amarilla, botón de flor; roja huipil bordado, camino despejado, fantasía sin conejos minuteros, molde de teja, matz´ humoso, retrato de Sisay.