Vemos con preocupación la forma en que los guatemaltecos empiezan a mostrar una baja sensible en la moral pública, lo cual es totalmente comprensible cuando vemos una sucesión de noticias desagradables que sirven para demostrar el deterioro que ha sufrido el país a lo largo de los últimos años por una increíble pérdida de valores que ha incrementado los niveles de corrupción porque se generaliza la idea de que lo importante es tener, no importa cómo.
Aquellas ideas viejas del prestigio personal y de la honorabilidad como máximos logros que podía buscar el ser humano han retrocedido en la medida en que se afianza el criterio de que el éxito se mide por el capital que se logra amasar. Y por supuesto que eso tiene impacto en todos los órdenes de la vida porque tanto en el sector público como en el privado, la gente anda buscando las formas más fáciles y expeditas de hacer dinero. No hace falta ser genio para entender que con mentalidad así el camino a la corrupción se ve asfaltado. Creemos que Guatemala demanda de sus ciudadanos un compromiso muy serio que debe centrarse en el rescate de la decencia como faro orientador de la sociedad. No es cuestión de moralismos anacrónicos, sino simple y sencillamente de entender que estamos llevando al país a un despeñadero porque ningún Estado es capaz de subsistir cuando deja de proveer el bien común y se orienta exclusivamente al clientelismo para favorecer a camarillas. En la medida en que nos mostremos permeables a los ofrecimientos de dinero rápido, será mayor la tolerancia hacia la corrupción y a propuestas que caen en lo puramente criminal en apoyo a grupos organizados que se enriquecen en medio de esa crisis nuestra. Para empezar hay que señalar que el grado de dificultad de ese compromiso es enorme, porque si en algo ha tenido abundante razón el vicepresidente Rafael Espada es en lo extendida que está la podredumbre en nuestra sociedad. í‰l mencionó el sector público, el mundo académico, el mundo de los negocios, la prensa, entre los más destacados, pero hay que decir que la semilla de la corrupción está sembrada desde la misma infancia con modelos educativos que permiten la trampa para obtener resultados y los pequeños van aprendiendo que hacer las cosas mal rinde frutos. La clase política es posiblemente el valladar más grande para una recomposición de la sociedad, porque desafortunadamente una reforma de estructuras pasa por sus decisiones y poco es lo que se puede esperar o confiar de sus representantes. Pero el empuje de la sociedad tiene que ser firme y consistente para romper con un modelo que nos llevará a la destrucción.