Si yo fuese requerido a declarar bajo juramento sobre las confidencias que este malogrado muchacho me hizo antes de ser asesinado por los invasores de la sede diplomática, gustosamente lo haría y públicamente lo digo para que estos señores magistrados de aquel cuerpo colegiado no vayan después a decir que no hubo quien se atreviera a declarar la verdad, aunque con eso ayudara a salvar a gente que no merece mi respeto y que su ideología era simplemente una burda ambición de poder y de dinero, que desde ese tiempo viene campeando en nuestra pobre y sufrida patria y nada tenía que ver con la lucha anticomunista contra gente como Cajal y López, los Menchú y demás rojos que ya habían causado tanta lágrima, sufrimiento y destrucción tanto en España como en Guatemala.
Si se desea resarcir, en lo que se pueda, pues la vida no la pueden traer de nuevo a los inmolados en la tragedia, que de alguna manera y no solamente en la pecuniaria, se conmemore adecuadamente a todos quienes perecieron en este acto terrorista propiciado por los marxistas que siempre han querido subyugar a esta desdichada tierra, ahora víctima de la corrupción, de la delincuencia, del narcotráfico y la incontrolable ambición ejemplarizada en los últimos días por las sucias maniobras de ladrones de levita infiltrados en instituciones de la banca nacional, que tanto ha hecho por mantener un bien ganado prestigio y en el mismo gobierno, cuyos funcionarios honrados sufren injustamente las consecuencias de sus compañeros que solamente ven la oportunidad de medrar en lugar de servir correctamente a la patria.