¿Reputación o ilusión?


Es casi inútil en estos tiempos cuidar la reputación personal. Uno se puede pasar la vida construyendo un nombre, un apellido, pero basta la maldad de alguien o la maledicencia alguna, para que todo el trabajo se venga abajo. De modo que uno deberí­a olvidarse de semejante utopí­a en nuestros dí­as, especialmente si el trabajo es de alto riesgo.

Eduardo Blandón

Digo, hay trabajos en los que por el prestigio que representa, lo simbólico de la posición o hasta el poder con que se cuenta, despiertan los demonios de la turba siempre envidiosa y presta para hacer el mal. Y, claro, depende de los recursos y la imaginación para que las formas afloren de una y mil maneras, buscando, eso sí­, la efectividad, el punto flaco donde hacer daño, el talón de Aquiles, el lugar vulnerable.

Una de esas formas «posmodernas» para hacer daño a quien representa una amenaza es el correo electrónico. Los que navegan por Internet conocen la cantidad de correos enviados por anónimos con el deseo expreso de poner en cuestión la reputación del personaje a quien se considera una amenaza, el Diablo o Satanás. Tales sujetos expresan sus talentos literarios y escriturí­sticos inventando cosas, mintiendo, conjeturando y enredando las cosas para concluir, ya se sabe, en que el tipo es poco menos que un excremento maloliente.

Los autores de tales libelos, sin duda hechos con fruición, (el placer de hacer el mal en tales sujetos debe ser orgásmico), hacen gala de una ficción que raya con novelas de baja catadura y hasta parecieran redactados por tipos que en su haber tienen dos o tres libros ?y sin duda de caballerí­as y Corí­n Tellado-. Son textos cuyo único valor es la intriga y la oportunidad que ofrecen para conocer los nombres de la aristocracia chapina, polí­ticos, empresarios y hasta de servidores públicos. Pero son efectivos, debe decirse.

El correo electrónico tiene la facilidad de llegar a todas partes y rápido. La reputación en cosa de segundos queda puesta en cuestión, bajo sospecha o despedazada por el lector cándido y dispuesto a creerlo todo. Las acusaciones suelen ser las mismas. El tipo termina siendo homosexual, drogadicto, puto, borracho, ladrón, contrabandista, asesino o traficante de drogas. Aquí­ en Guatemala esas cosas suelen ser horrorosas, despreciables y dignas de condena.

En pocos dí­as el sujeto calumniado es presentado al mundo entero (digo en nuestra Guatemala) como un apestoso. Y como si fuera poco, coparticipando del acto canibalesco, algunos amigos (que dicho sea de paso uno consideraba «inteligentes», «ilustrados» y «sensatos»), repartiendo los correos alegremente: «Para tu información», dicen algunos; «Para que lo publiques», dicen otros más imbéciles.

Es inútil, no hay forma de escaparse de la maledicencia pública. Uno siempre será una amenaza para los otros y, por lo tanto, blanco de crí­ticas, falsedades y calumnias. Pero esto es peor si uno medio levanta la cabeza para sobresalir, si se mete a polí­tica o hace cosas un poquito por encima de la abrumadora media. Si se hace esto, prepárese para ser el próximo «gay» del paí­s. Total, parece que ésta es la peor afrenta para un macho latinoamericano.