Hay personas que incluso ante mínimos inconvenientes deciden claudicar ante sus sueños, ante sus objetivos y metas, se olvidan si alguna vez los abrigaron. Se sienten cansados y exhaustos por el menor esfuerzo por algo que piensan que seguramente no se hará realidad y entonces se rinden ante la existencia. Se sienten desafortunados y muchas veces también abandonados y frustrados. Y entonces… la vida no les apetece más. Porque esta no les ha proporcionado lo suficiente para ser felices.
Permítanme explicarme, una persona con un rol pasivo ante la vida, en donde el suicidio permanece rumiante. Deseando tal vez, que alguien se acerque y pueda oír sus penas, le dé consuelo y de manera posible le indique qué puede hacer para apartar el tedio y desidia del día a día que se matiza de grises colores. Anunciando la desesperanza y la agonía que principia una y otra vez.
Una anemia caracterológica que repercute en su propia reputación. Ya que se ha descalificado para el propio vivir, sintiéndose truncado desde sus tiernos años. Implacable con quienes considera culpables de su ruindad. Se quedó deseando besos, abrazos y cuidos de su niñez. Cuando sintió que ellos no llegarían. Decidió continuar siendo niño, un niño, con edad de adulto.
Luciendo como adulto, las responsabilidades le cargan, le agobian. No conoce el goce de los logros y ya decidió su vencimiento. Piensa que quiere esto y aquello, que necesita a alguien que cargue con él, que asuma vivir por él y que no piense en abandonarlo. Sin embargo, la humanidad le espanta, objetos y personas son uno mismo. Quiere humanidad para sí pero obvia lo humano en los demás.
La vida, Dios, la gente, la naturaleza, los derechos de la humanidad le son injustos a él. El que se siente importante, tan importante, pero con mucho miedo. Se dejó vencer desde hace mucho tiempo, no cree en nuevos comienzos y dejó de querer al no sentirse querido.
Se negó a caminar por miedo a caerse, se negó a luchar por miedo a perder. No vislumbra la luz del sol ni tampoco el cielo estrellado. Demasiado tarde dice. Esperé por el amor y este nunca llegó, creí hasta que me convertí en no creyente, y ahora no me apetece nada.
Banal es el acto de quien le dice que la vida es buena y vale la pena. No escucha, parece no entender otra cosa distinta a lo que ya considera saber. Se deja consumir en el hastío de la rutina. Inclinándose a que alguien le persuada de no sabe qué cosas.
El cansancio y la desconfianza crecen y no le interesa más que tener, apropiarse de alguien que comparta un mismo mundo y una sola visión. La desolación parece eterna y naufraga sobreviviendo el hoy y quizás… el mañana.
Busca sucumbir a otros para no estar tan triste. Para tener un porqué, para proveerse de significados. No teme más desventura, siente que su cuota ya llegó. Necesita dominar para sentirse libre, aunque sea por un momento, de su muy frágil existencia.
Se siente estorbo, y estorba. Procura mortificar y dificultar. Sí él no merece, nadie más merece. No descansa, pero procura el insomnio y el desasosiego para los demás. No se siente vil pero si envilecido. Lamentablemente muerto antes de nacer.