La certeza electoral es siempre importante, pero más cuando prácticamente se está planteando una especie de reelección porque se quiere colocar en la Presidencia de la República a quien ha sido el poder más importante de este período. En condiciones normales, todos los partidos políticos que hacen gobierno sueñan con perpetuarse en el poder y hacen lo posible por lograrlo, pero cuando ese sueño se encarna en la figura que realmente domina y decide, es natural que se piense que los esfuerzos se redoblen en proporción al nivel de influencia que se tiene.
La primera prueba para determinar la certeza estará en el trámite que se hará ante la Corte de Constitucionalidad que se debe conformar para sustituir a la actual, respecto al tema del parentesco que la Constitución establece como prohibición expresa para optar a la Presidencia de la República. Pero la prueba crucial está en el tema del documento para identificar a los electores, puesto que al parecer el manoseo del Documento íšnico de Identidad no es una casualidad, sino que de acuerdo a la vieja máxima de que hay que pensar mal para acertar, producto de deliberadas acciones que pueden tener gravísimas repercusiones en la cuestión electoral.
Nuestra democracia se basa prácticamente de manera exclusiva en el ejercicio del sufragio, porque es acaso lo único que en realidad encuadra con esa práctica política. Los electores acudimos cada cuatro años a las urnas para depositar nuestro voto a favor de quien, al resultar electo, terminará siendo el amo y señor del poder durante cuatro años, sin necesidad de preocuparse por rendir cuentas ni, mucho menos, por ejecutar un mandato derivado del respaldo de la población. No hay mejor botón de muestra que la promesa electoral de combatir la violencia con inteligencia.
De suerte que cuidar la certeza electoral es crucial y fundamental para que se pueda seguir hablando de un modelo democrático que no es respaldado por la forma en que se gobierna al país sino que simplemente tiene justificación en el ejercicio electoral. Y los nubarrones ahora son mucho más negros de lo que pudieron haber sido en el pasado, puesto que cuando Cerezo apoyó a Alfonso Cabrera le dio impulso a Serrano con aquel famoso Conversemos, mientras que Arzú paró peleando con Berger por diferencias en el manejo de campaña y Portillo no se jugó completo por Ríos Montt y al final se decantó por Colom, mientras que se sabe que Giammattei nunca fue santo de la devoción de Berger. En resumidas cuentas no es lo mismo apoyar a un cuate que a quien ha sido, más que la Esposa del Presidente, el verdadero poder tras el trono.