La espectacular recuperación de la economía argentina, tras una crisis sin precedente en 2002, sorprende a los expertos, que en algunos casos reconocen su error de apreciación, pero sin entregarse a la euforia.
Con cuatro años seguidos de aumento de su Producto Interior Bruto (PIB) de entre 8 y 9% (tras una caída de 10,9% en 2002), Argentina jamás experimentó un crecimiento semejante. «Hay que remontarse a un siglo atrás» para encontrar las favorables condiciones que tiene en la actualidad, destacó recientemente a la AFP el ex ministro de Economía Roberto Lavagna, principal artesano de la recuperación del país.
Sin embargo, muchos economistas argentinos y extranjeros se muestran prudentes, por no decir alarmistas, acerca de las condiciones de este crecimiento.
Primavera efímera para unos, esta recuperación no sería diferente de la de un «gato agonizante», cuyo último estertor, a veces espectacular, no lo hace revivir, según otros economistas más imaginativos.
«No diría que la situación económica de Argentina es buena», afirmaba todavía en 2005 Gary Becker, premio Nóbel de Economía en 1992 y discípulo de Milton Friedman.
El gobierno argentino no deja de burlarse de estos agoreros, especialmente el presidente Néstor Kirchner, quien acaba de denunciar una vez más sus supuestos errores durante un discurso en el Parlamento. «Entre lo que nos han anunciado los economistas y lo que realmente se produjo, hay un abismo», declaró Kirchner en esa ocasión.
Algunos rectifican honorablemente, como por ejemplo Juan Luis Bour, economista jefe de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) en Buenos Aires. «Prever en 2005 una caída del precio de las materias primas constituyó un error de evaluación», reconoció a la AFP.
En privado, algunos diplomáticos europeos, que siguen la economía argentina desde Buenos Aires, constatan lo mismo. «Nos hemos mostrado demasiado pesimistas estos últimos años», admitió uno de ellos ante la AFP. Y reconocen, por ejemplo, que el alza del precio de las materias primas, que parece llamado a durar, favorece notablemente a países como Argentina, con un fuerte potencial agro-alimentario.
Se asiste hoy a una «inversión durable de los términos de intercambio, tal vez estructural», que ofrece un gran margen de maniobra a Argentina, agregó este diplomático que se mantuvo en el anonimato.
Argentina es un gran exportador de productos agrícolas y ese maná, particularmente de soja, le reportó más de 22.000 millones de dólares, es decir más del doble que en 2002. Las perspectivas para los años venideros son favorables, gracias, entre otros factores, al aumento de la potencialidad de los biocombustibles a base de soja y maíz.
No obstante, los economistas argentinos se niegan a ceder a la euforia y advierten sobre la dependencia extrema de ese país del contexto internacional.
Algunos, como Orlando Ferreres, ex viceministro de Economía, se muestran cautos sobre la duración de esta inversión de los términos de intercambio y dudan de las consecuencias de un enlentecimiento de la economía en Estados Unidos, que tendría un impacto en China, principal comprador de soja argentina.
Optimistas a corto plazo, estos economistas vuelven a mostrarse prudentes cuando se trata de hacer pronósticos a largo plazo. «Sigo siendo pesimista sobre la gobernabilidad (en Argentina), que desestimula las inversiones», consideradas indispensables para consolidar el crecimiento y calmar las tensiones inflacionarias, estima Juan Luis Bour.