El jueves anterior publiqué un superficial artículo, a manera de ejercicio rudimentario, en torno a los nombres de políticos/as que se mencionan o especulan como eventuales candidatos presidenciales, con tres años de anticipación a la convocatoria de las elecciones de 2015.
Como era previsible, la mayoría de quienes me envían directamente sus comentarios o escriben al portal de La Hora, rechazó rotundamente a las 13 personas que antojadizamente enrolé como aspirantes a suceder al presidente Pérez Molina, sin que eso signifique, necesariamente, que sea el consenso de todos los guatemaltecos; pero en alguna medida se evidencia el repudio de un elevado porcentaje de electores a la desprestigiada casta política.
Con antelación, en otras de mis columnas en las que he abordado los graves problemas económico-sociales del país; la corrupción arraigada en las diversas instancias e instituciones públicas; la ausencia de transparencia en el manejo del presupuesto estatal; el incremento de las acciones delictivas del crimen organizado y de las bandas juveniles; el oprobioso comportamiento de los diputados, aunado a su desprecio a los reclamos de los sectores que forman la opinión pública, y, en fin, a cualquier tema que se refiera aunque sea muy someramente a la conducción de los destinos de Guatemala en todas las esferas, siempre afloran las acotaciones de lectores que manifiestan su repugnancia al sistema neoliberal que nos rige, incluyendo, por supuesto, a funcionarios de los tres organismos del Estado y a los dirigentes de las organizaciones políticas, a quienes se les atribuye el grado de conflictividad a que se ha llegado y que podría derivar en cualquier momento próximo a la ingobernabilidad..
Quizá el lector Humberto Carrillo conjugó el sentimiento prevaleciente en torno a la abominación hacia los políticos, al precisar en un comentario el lunes anterior: “Ahora son los movimientos populares, las comunidades, los campesinos, los pobladores, los obreros, los estudiantes, los que luchan y participan directamente en las calles y carreteras los que harán y están haciendo la historia, y también cambiarán al país. Son los movimientos de los pobres, los explotados, los reprimidos, y no los partidos que inventa la elite, comprando oportunistas, para darle algo de oxígeno a este Estado podrido”.
Este párrafo, que no pretende ser un dechado de expresión propio de politólogos, encierra empíricamente la insatisfacción de millones de guatemaltecos con el sistema dizque democrático representativo que prevalece, porque se ha tomado como modelo de democracia al simple hecho de acudir a las urnas a escoger entre los candidatos de elección popular a individuos designados caprichosamente por los propietarios de partidos políticos, o que cuentan con recursos económicos para comprar sus candidaturas y financiar sus campañas electoreras.
Desgraciadamente, mientras no se aniquilen las estructuras putrefactas que enriquecen a una minoría y empobrecen cada vez más a los desposeídos o menos afortunados, los guatemaltecos persistirán cada cuatro años en votar –que no en elegir– a favor de sujetos carentes de idoneidad y capacidad, porque así está grabado en piedra sobre planchas de hierro de la Ley Electoral y de Partidos Políticos, para nuestro infortunio y por ausencia de valor cívico de la mayoría de los compatriotas que se limitan a lamentarse.
(El analista Romualdo Tishudo repite la frase de Charles de Gaulle: –Como los políticos nunca creen lo que dicen, se sorprenden cuando alguien se lo cree).