Por Eduardo Blandón
Cuba es un país condenado a la gloria: hermoso, de naturaleza exuberante y gente con cualidades fuera de lo común. Pero, al mismo tiempo, nunca será suficiente todo lo que se diga de su situación política. La herencia de los años castristas dejará una huella perdurable que hará verter mucha tinta a los científicos de todos los saberes en busca de una interpretación lógica de esa etapa peculiar de su historia.

Pero no es necesario que pase mucho tiempo. Y aquí está Reinaldo Arenas para testificarlo. El autor, cubano hasta el tuétano de los huesos, escribe un libro que testimonia sus años en la isla. Sus amores, pesares, decepciones y alegrías. Todo en conjunto para enseñarnos no sólo una existencia interna, como quien hace una introspección, sino una realidad externa que lo atenaza, oprime y le hacen vivir, paradójicamente, una vida dichosa.
Estas características hacen del libro un texto singular. Porque no se trata sólo de una obra testimonial, sino también de exposición política en la que se develan posiciones ideológicas, perspectivas y aspiraciones en un terreno siempre discutible. Cuba es siempre así: un país discutible. Generador de debate no en cuanto a sus paisajes y belleza natural, sino desde la discusión política.
Con todo, Reinaldo Arena no ejerce el debate con alguien en particular. Su adversidad es consigo mismo. Es la apertura vivencial de años en los que la revolución castrista es admirada inicialmente, respetada después y odiada finalmente. Cuba es el país que duele por provocar el exilio, el anhelo de otros países y la condena de rehacer la propia vida lejos de lo que se ama. La isla se va volviendo un lugar imposible de habitar.
Este sentimiento, que no nace de la nada, sino de la persecución policial, la intolerancia, el desempleo, la ideología equivocada y la inhibición de las ganas de vivir, provoca en Arenas un odio a los generadores de esas condiciones, para él, malditas. Castro será el político perverso que junto a su hermano estafaron la revolución y la esperanza de un país mejor.
Este es un libro en el que se narra, en consecuencia, esos días difíciles para un escritor con pensamiento diferente. En Cuba, para Arenas, no hay espacio para la herejía ni la diferencia, sino para la homogeneidad y el pensamiento único. La heterodoxia es condenada y la obediencia premiada. La isla es el país en el que para sobrevivir había que hacer votos para siempre a los Castro: pobreza, castidad y obediencia.
Castidad no en el sentido usual, sino desde la óptica que Arenas critica, es decir el de la práctica de la sexualidad únicamente desde la perspectiva «natural». Para el autor, incluso las preferencias sexuales eran ordenadas según el sistema político. En la Cuba de los años del escritor no había espacio para la homosexualidad, so pena de la condena, la persecución, la burla, la humillación y el exilio. Y es esta la experiencia descrita en el libro.
Arenas es el escritor condenado a practicar su homosexualidad desde las cavernas. Sólo en la oscuridad se puede ser libre. La luz del día está hecha para las expresiones heterosexuales. Es una realidad increíble, a decir del intelectual, porque en Cuba la vida gay no es desconocida ni escasa. De esa cuenta, relata sus abundantes experiencias con policías, políticos, escritores, estudiantes y docentes (entre tantos otros).
Por el libro hay todo un relato sobre la homosexualidad. Es el testimonio de un hombre que no conoce otra forma de amar que no sea el físico. Es la historia del obsesivo de la carne como medio para encontrar la amistad, el sentimiento y a veces para ponerse en riesgo. El sexo es la vida para el autor y la represión una experiencia abominable y absurda.
No es que no sepa controlarse. Lo hace y tiene la experiencia en las cárceles cubanas. Arenas se priva del sexo para salvaguardar su propia vida. Pero es entonces que recurre a escapes: el onanismo, la imaginación, los sueños y cuando esto se vuelve artificial, intenta el suicidio. La vida carece de sentido, parece expresar el escritor, cuando en la vida no hay experiencia de éxtasis, el escarceo, las relaciones sexo-genitales.
Evidentemente una vida llevada a toda prisa y sin límites es demasiado riesgosa. Arenas contrae el Sida. Relata su desdicha desde Nueva York, ciudad a la que llega escapando de Florida, donde no se lleva bien con la comunidad cubana. Esperando encontrar su libertad en tierras norteamericanas, comprende que la ansiada dicha no llega. Luego viene la frustración, la animadversión de los suyos, la incomprensión y xenofobia gringa. Arenas parece un maldito condenado a la miseria eterna.
Para colmo de males sus libros no encuentran editores y el dinero se vuelve escaso. La vida disoluta parece detenerse e inicia una vida para él desconocida. Lejos de su país y amigos. Pero la suerte llegaría de a poco. Empiezan en Europa a interesarse por su producción y logra algunos viajes: España, Francia, entre otros. Exposiciones en universidades y cierto reconocimiento por parte de la crítica.
Así, Reinaldo Arenas en un texto límpido y honesto expone su vida como testamento de una existencia difícil. No busca indulto, se abstiene de disculpas y evita la corona inmerecida y gratuita. Lo suyo es la radiografía de un personaje que se ve solo, pero siempre enamorado: de los hombres, los libros, la escritura. Su vocación es la literatura.
Producto de este amor segundo, las letras, escribe. Narra, cuenta historias, huye. La literatura es su modo de encontrarse y resolver problemas propios. Investiga, critica y dibuja a sus amigos. Frecuentemente los personajes de Arenas son extraídos de la vida: amigos, enemigos, familiares, etc. Ficciona, pero toca la realidad con sus manos, la construye a su imagen y semejanza.
í‰ste es un libro que ciertos paladares no podrán soportar, pero para aquellos de ánimo fuerte, su lectura los hará partícipe de una experiencia siempre emocionante y vital. Lo recomiendo.