Tenemos en estos días una historia de éxito de los poderes que usa el mercado para regular el sector bancario. El caso de JPMorgan Chase sacudió el mundo financiero a finales de la semana pasada después de que ejecutivos del mismo banco anunciaran una pérdida de aproximadamente 2,300 millones de dólares en una operación riesgosa que apostaba a favor de que las medidas económicas del presidente Obama lograría una pronta mejoría en los principales índices del país del norte.
Como es de todos conocido la mejora no ha llegado aún, y creo que no llegará mientras Obama siga haciendo lo mismo en materia económica y fiscal. No han faltado, eso sí, los malintencionados políticos que salen a vender sus modelos de más regulación para que este tipo de cosas no suceda, abundan también los incautos que se dejan llevar por esas ideas pensando que la solución a este tipo de problemas se da con más regulaciones. Ni políticos ni incautos reparan en los grandísimos costos que trae la regulación bancaria para toda la humanidad y amparados en falsos principios empujan regulaciones más fuertes para este sector. Ya se hace obvio que la regulación bancaria actual (me refiero a la de allá y la de prácticamente todo el mundo) lejos de ayudar empeora la administración de riesgos de las entidades financieras.
Digo que lo sucedido con el JPMorgan Chase es una historia de éxito de mercado porque se está viendo qué es exactamente lo que debe suceder cuando un banco sobrepasa los niveles de riesgo que la buena administración señala. Sucedió lo siguiente: el banco perdió una gran cantidad de dinero en la operación financiera, el anuncio provocó una estrepitosa caída en el valor de la acción y los funcionarios responsables fueron separados del cargo. Si al caso se le hubieren aplicado, como solución, las políticas intervencionistas de la crisis del 2008 la historia habría sido muy distinta. Bajo ese supuesto el gobierno hubiera desembolsado lo necesario para que el banco se recuperara de las pérdidas, socializando el efecto negativo de la decisión de unos pocos.
Los ejecutivos y los accionistas del banco fueron en este caso quienes asumieron la pérdida de valor de sus utilidades, acciones y puestos de trabajo por lo tanto serán quienes aprendan la lección de primera mano. Y aunque puede parecer duro, esa es precisamente la forma en la que los sistemas bancarios debieran de trabajar. El tomador de riesgos se lleva las primas pero también las pérdidas. También es importante resaltar que el mercado suele ser poco amable con las personas que toman riesgos demasiado altos y finalmente erróneos porque es obvio que las pérdidas sufridas fueron trasladadas eventualmente a los accionistas y estos lógicamente procedieron a remover de sus sillas a los malos tomadores de decisiones. En cambio es difícil ver que un burócrata regulador salga pidiendo disculpas y ofreciendo su renuncia por los grandes errores que comenten al regular mal a los actores bancarios. Nunca he visto a alguno de hecho, que salga diciendo: “la ley lo prohíbe y yo no me di cuenta hasta ahorita que ya las pérdidas están encima, renuncio de mi cargo por incompetente”.
Aquí y allá los bancos deben de poder perder, los inversionistas deben de estudiar profundamente en donde meten su capital y los ahorrantes deben de depositar su dinero solo en aquellas entidades que les demuestren que son responsables. ¿Será prudente seguir confiando en la habilidad de los burócratas reguladores después de ver que miles de millones desaparecen de la noche a la mañana al ojo del mal guardián? Las regulaciones bancarias tienen la peculiaridad histórica de fallar en todos lados porque no logran desprender su quehacer técnico de las presiones políticas, al fin y al cabo siempre son políticos los creadores de la regulación.