Regañada…y por gusto


Empezamos diciendo que el aporte hecho en el Congreso de la República por la diputada Nineth Montenegro con la fiscalización del gasto público ha sido importante y es posiblemente lo más valioso de toda la labor parlamentaria. Esa fiscalización no empezó ahora con el gobierno de Colom, sino la viene haciendo desde hace tiempo con la intención evidente de contribuir a la transparencia y por ello la retopada que recibió la legisladora del presidente Colom en el marco del discurso en el acto protocolario del 14 de enero fue totalmente injustificada.


Pero lo peor estaba por venir, porque las cifras proporcionadas ayer por el Ministerio de Finanzas respecto a las transferencias realizadas le dan la razón a la diputada Montenegro porque las diferencias entre lo que ella dijo y lo que ayer expuso el titular de esa cartera son mí­nimas. Nineth habló de transferencias por diez mil millones de quetzales y Fuentes dijo que fueron nueve mil ochocientos ochenta y ocho, es decir, la diputada «exageró» la cifra por doce millones que, hablando de diez mil, en realidad no son nada.

Cuando el Presidente dijo que estaba encantado de que los fiscalizaran, pero que lo dejaran trabajar, no lo hizo en serio, porque resulta que el análisis de la diputada Montenegro para nada obstaculiza el trabajo del Ejecutivo a favor de los pobres o en el tema de la seguridad. Y es cabalmente esa fiscalización que en más de una ocasión Colom calificó como de bienvenida porque no tení­an nada que ocultar.

En sistemas parlamentarios es frecuente el cruce de palabras entre los presidentes de gobierno o primeros ministros con sus colegas diputados en el parlamento, pero el nuestro es un sistema diferente y lo evidenció que la diputada Montenegro, en vez de ripostar en la misma sesión exigiendo el uso de la palabra, se amedrentó y se sintió cohibida por la mención directa que le hizo el Presidente cuando pronunciaba su discurso.

La fiscalización es necesaria y serí­a mil veces preferible que haya errores por exceso de fiscalización que errores por omisiones. Este incidente le tiene que servir al Presidente para moderarse en sus reacciones, puesto que la excesiva crispación que le causan sus crí­ticos está logrando el cometido de quienes quieren verlo fuera de sus casillas, perdiendo la perspectiva por la ira que lo embarga. El caso de la diputada Montenegro es ilustrativo, porque aún con los matices que pone el Ministro de Finanzas, la verdad es que su crí­tica respecto a las transferencias termina siendo justificada y, sobre todo, no daba lugar a una reprimenda como la que le lanzó el gobernante.