Refugiados y soldados comparten campo de golf


El campamento de refugiados se instaló en un campo de golf. AFP PHOTO / OLIVIER LABAN-MATTEI

El Pétionville Club era un distinguido campo de golf donde diplomáticos y hombres de negocios iban a distenderse. Tras el sismo, los soldados estadounidenses colocaron sus equipos alrededor de la piscina. Y sobre el campo de juego, decenas de miles de haitianos sin hogar esperan por ayuda.


Escaleras, grandes columnas, cortinas de algodón blanco: la decoración del lugar es impecable, casi cinematográfica. El barman se llama Stephen Brickman. Pero detrás de la barra no hay botellas de bebidas. Hay anestésicos, antibióticos y materiales médicos. Todo perfectamente etiquetado.

«Pueden llamar a esto una verdadera farmacia de campaña», dice convencido este voluntario del Disaster Medical Assistance Team (DMAT), un organismo federal estadounidense. Con 72 años, el hombre vino desde New Jersey.

La misma contradicción se percibe bajo las sombrillas. Cunas y chalecos antibalas cubren la terraza que tiene una vista espectacular hacia la bahí­a de Puerto Prí­ncipe. Un fusil M4 está apoyado sobre una mesa del jardí­n al lado del libro de Omar Nasiri, «Inside the Jihad».

Las mucamas con delantales color rosa pálido están de duelo. «Era un club restaurante lleno de cosas», dice una de ellas bajo la sombra de las buganvillas. El único vestigio de la vieja clientela es el actor Sean Penn, quien vino como voluntario y se encuentra en plena reunión de trabajo con los oficiales.

Un poco más lejos, los gritos de niños salen de una tienda frente a la cual hay alineados media docena de vehí­culos militares Humvees. Una médica examina los oí­dos de un niño con un otoscopio.

«Podemos ocuparnos de todo menos de cirugí­as y radiologí­a», explica Lea Collins, intérprete francófona del DMAT, quien vino desde Cocoa (Florida). Desde traumatologí­a hasta obstetricia. «Y entre los bebés y los dedos rotos, hay dolores de cabeza y vómitos», relata.

Detrás de las barreras de alambres de púas y las filas de soldados se extiende uno de los más grandes campos de refugiados de la ciudad. Baja desde las colinas del «green» y va hasta la pendiente del Delmas, un barrio de Puerto Prí­ncipe fuertemente golpeado por el sismo del 12 de enero.

La zona superior de césped se transformó en zona de descarga. Soldados en camiseta sacan de los camiones bolsas de 50 kg de productos alimenticios.

Trigo, soja, boulgur. «En total 1.000 bolsas» deben ser distribuidas, explica el soldado Trevor Brook, de 19 años.

Estacas metálicas fueron clavadas en el césped, sobre las cuales se extendió un cordón blanco para asegurar la disciplina, que intentan mantener los voluntarios de la ONG estadounidense Catholic Relief Service (CRS) a través de llamados en creole por altos parlantes.

Todo en vano. El aterrizaje de un helicóptero cargado de abastecimiento levanta la tensión entre la masa agobiada por el sol. Dos hombres se pelean a golpes. Detrás de la red de seguridad, un soldado escupe al suelo.

La fila, compuesta por miles de personas que han perdidos sus casas, se condensa a medida que se desciende hacia el campo.

«No tuvimos que esperar mucho tiempo», dice con pudor Ruth Jaccé, 17 años. Un voluntario del CRS perfora su ticket amarillo. Recibirá media bolsa de trigo, cuatro potes de guisantes y un bidón de aceite.