Zahra Ahmed, una iraquí que se describe como chiita laica, decidió que debía partir de Irak cuando su hija de 22 años tuvo que elegir entre llevar el velo o ser decapitada.
Esta mujer y su familia forman parte de lo que la ONU llama el mayor movimiento de población en Oriente Medio desde el éxodo de los refugiados palestinos en 1948.
Zahra y sus parientes escaparon primero a Siria, pero rápidamente continuaron viaje a Egipto.
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calcula que Egipto ha recibido a más de 150.000 iraquíes. Sólo 4.749 se han inscrito en las listas de la ACNUR.
Zahra no quiere correr riesgos.
«Nosotros teníamos suficientes problemas en Irak. Lo último que queríamos era vivir en Egipto sin documentos oficiales. Ahora estamos inscritos», afirma esta docente jubilada de 60 años que vive con su esposo, ex contador del ministero de Agricultura iraquí, y su hija.
Egipto afirma que «no impide a los iraquíes entrar al país».
«Todo iraquí que desee una visa debe inscribirse en nuestras embajadas en el extranjero», declaró recientemente el asesor encargado de los refugiados en el ministerio egipcio de Relaciones Exteriores, Tarek Moati.
Si bien algunos iraquíes que escapan a la violencia confesional endémica, viajan a El Cairo con visas «de inversión» que les permiten dedicarse a los negocios, muchos llegan con visas turísticas de un mes, renovables por tres meses.
La situación se complica en los casos de los refugiados cuyas visas expiraron y que ya no se encuentran bajo la jurisdicción de Relaciones Exteriores, sino del Interior.
«Nosotros todavía estamos tratando de averiguar lo que debemos hacer con ellos», afirmó un funcionario del ministerio del Interior. Muchos pidieron permisos de residencia permanentes, pero obtenerlos lleva meses.
La situación económica de los refugiados es muy variable, y va desde los ex dirigentes del Partido Baas hasta las familias pobres que tratan de huir de la violencia religiosa.
La familia de Zahra es de clase media. Pudo comprar un apartamento en el suburbio de Jeque Zayed, cerca de El Cairo, por 45.000 libras egipcias (unos 8.000 dólares).
«Nosotros trajimos todo nuestro dinero de Irak. Pero nuestros recursos terminarán por desaparecer», explica ella.
Zahra y su esposo esperan que Laila, su hija, obtenga un empleo en el canal vía satélite Al Baghdadiya, una de las numerosas cadenas que emiten desde Egipto.
También explica que tiene buenas relaciones con sus vecinos, pero teme que los iraquíes dejen de ser bienvenidos en Egipto debido a su creciente número.
«Nosotros no queremos causar problemas», insiste Zahra, quien dice no frecuentar a los otros iraquíes.