Reflexiones tras el desastre en Filipinas


Oscar-Marroquin-2013

Las escenas que transmiten los canales noticiosos del mundo son tremendas y puede verse el nivel de devastación provocado por el gigantesco tifón que asoló las islas Filipinas cobrando miles de vidas y dejando una cauda enorme de destrucción. Lo primero que uno piensa al ver la magnitud de la catástrofe es en que, a diferencia de un terremoto, este tipo de desgracias tiene mucho que ver con la forma en que los humanos hemos degradado el ambiente y cómo, a pesar de lo que dicen algunas gentes, el calentamiento global ya nos está pasando una gran factura. Este año fue excepcionalmente quieto en el Atlántico, pero el tifón en el Pacífico fue descomunal y su destrucción brutal.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Pero viendo la forma en que está fluyendo la ayuda a Filipinas y cómo los aeropuertos se saturan de los envíos generosos de casi todos los países del mundo que muestran su solidaridad, no pude menos que recordar la forma en que esa misma comunidad internacional reaccionó con Guatemala tras el terremoto de 1976 y la forma en que logramos salir adelante gracias a una eficiente y honesta conducción de la crisis. A diferencia de lo que pasó antes y lo que ha ocurrido después, cuando las tragedias se convierten en fuente de corrupción para que los encargados de la reconstrucción se enriquezcan lucrando con el dolor y la necesidad de la gente, en la Guatemala del 76 hubo una respuesta rápida, eficiente y honesta que nos permitió superar con relativa rapidez aquella tragedia que cobró más de 25 mil vidas humanas.

 Así como hay que señalar la ineptitud de Estrada Cabrera en el terremoto anterior, y de los gobiernos que manejaron la reconstrucción tras las tormentas y el terremoto de San Marcos, es preciso hacer un juicio justo sobre la figura del presidente Kjell Eugenio Laugerud, quien junto a los encargados del Comité Nacional de Emergencia, que posteriormente devino en el Comité Nacional de Reconstrucción, lanzaron una respuesta inmediata y coordinada en la que participaron las autoridades locales a cargo de restablecer rápidamente los servicios públicos indispensables.
 
 Entre la Guatemala de 1976 y la de hoy hay una enorme diferencia, puesto que tanto ha ido el cántaro al agua que la gente ya no cree en nada ni en nadie. Hemos visto que cada tragedia sirve para que los encargados de las oficinas públicas que debieran coordinar y ejecutar trabajos de reconstrucción se vuelven millonarios y que pasan los años sin que la obra se concrete ni llegue a los damnificados. Pero acaso lo más importante, lo que más ha cambiado, es aquel sentido de solidaridad que nos hizo a todos olvidarnos de nuestro particular drama en los días posteriores al terremoto, para lanzarnos en ayuda de los que tenían mayores problemas, de los que habían perdido más que uno. Gente de todos los niveles y estratos dispuso trabajar incansablemente para aportarle algo a la Reconstrucción y cierto es que tuvimos un eficiente liderazgo nacional, pero también como pueblo mostramos la virtud de la solidaridad que se antepuso a cualquier otra consideración.
 
 Las grandes tragedias sacan lo mejor o lo peor de los pueblos y en el caso nuestro vimos en 1976 cómo floreció una actitud sin precedentes que hizo posible que nos pudiéramos levantar a pesar del duro golpe que sufrimos. Hoy no tenemos ni liderazgos comprometidos con el país ni un pueblo solidario. Lejos de eso, nos hemos convertido en un pueblo huraño que no se conmueve con el sufrimiento ajeno, quizá porque a fuerza de ver tanto dolor nos hemos vuelto insensibles, además de incrédulos.
 El drama de Filipinas permite reflexionar sobre nuestro pasado y preocuparnos por el futuro riesgoso de la humanidad.