Reflexiones sobre la rabia


«La Iliada» de Homero, más que contar sobre la guerra de Troya, narra la cólera de Aquiles, quien, insultado por Agamenón, se retira de la batalla, dejando en una posición difí­cil a los griegos frente a los troyanos.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Aquiles reacciona cuando Héctor mata en combate a su amigo Patroclo, su sirviente y amigo. Más enfurecido aún, Aquiles regresa para matar a Héctor. Pero esto no le apacigua la rabia, y se queda con su cadáver. Tanta es la cólera, que ata el cuerpo a su carroza, y lo arrastra por todo el campamento griego. Conocedores de la literatura griega suponen que «La Iliada» debió de llamarse «La cólera de Aquiles», porque es ésta el verdadero centro de la narración.

La semana pasada vi a Aquiles, de nuevo sacando su rabia, cuando ató a un ladrón a un camión en Chimaltenango; y lo arrastró hasta matarlo. Un dí­a después, en Sololá, vapuleó a dos extorsionadores, matando a uno en las llamas.

Por mucho que se diga en contra de los linchamientos, éstos despiertan, incluso, simpatí­as, porque de alguna forma u otra implementan la justicia tan anhelada, que el Estado no es capaz de proporcionarla.

De otra obra literaria, recuerdo «Fuenteovejuna» de Lope de Vega, donde el pueblo lincha al regidor por violar a sus mujeres, entre otros delitos. Cuando el Rey de España llega a preguntar quién lo mató, todos, al uní­sono, respondieron: «Fuenteovejuna lo hizo».

Los linchamientos sólo son un indicio del grado de rabia que tenemos dentro, por las injusticias y por la ineptitud del Estado para resolverla. La espuma no nos sale de la boca sólo por pudor. Vivimos con un alto grado de cólera. Sólo hay que oí­r hablar a las personas en las camionetas («Fijate vos que vino ese pisado, y yo le dije que se metiera el dedo en el culo, mano»); o a las señoras al regresar del mercado («vendedor hijo de la gran puta, ya le subió a esas sus mierdas»). O leer los comentarios ofensivos contra Marcela Gereda en el blog de elPeriódico («Lo que esta Marcela Gereda necesita es simple y muy sencillo de lograr: Tres plomazos en la cabeza y con eso se acaba todo. «Muerto el chucho, se acaba la rabia»).

Mientras tanto, el Gobierno sólo se le ocurre declarar Estados de Prevención, para que no se nos desborde la cólera y no afectar los negocios de la clase alta. Algunos no se aguantaron la rabia por 15 dí­as, y por eso les enviaron a los antimotines para hacerlos tragarse la insatisfacción.

De igual forma, otros siguiendo las enseñanzas de la no violencia, exponen inteligentemente su rabia, y hacen huelga de hambre frente a Casa Presidencial; es decir, que igual que toda la población, no comen, pero ellos lo declaran para que los escuchen. Pero el Gobierno sólo ha de verlos como chuchos jiotosos y rabiosos, y ni siquiera les presta atención.

Dicen que el Ministerio de Salud está implementando actualmente una campaña de vacunación contra la rabia para perros y gatos, pero debieron haber empezado vacunando contra la rabia a la población; una vacuna antirrábica, pero no en el ombligo, sino directo al hí­gado de la gente. Una vacuna llena de seguridad alimentaria, de lucha contra la violencia y de justicia.

«Pero si un dí­a me demoro, no te impacientes ya volveré más tarde. Será que a la más profunda alegrí­a, me habrá seguido la rabia ese dí­a; la rabia simple del hombre silvestre; la rabia bomba, la rabia de muerte; la rabia imperio asesino de niños; la rabia se me ha podrido el cariño; la rabia madre, por Dios, tengo frí­o; la rabia es mí­o, eso es mí­o, sólo mí­o; la rabia bebo pero no me mojo; la rabia miedo a perder el manojo; la rabia hijo zapato de tierra; la rabia dame o te hago la guerra; la rabia todo tiene su momento; la rabia el grito se lo lleva el viento; la rabia el oro sobre la conciencia; la rabia, coño, paciencia, paciencia. La rabia es mi vocación». (Silvio Rodrí­guez)