Estos días, cuando se conmemora la pasión, muerte y resurrección del amado Jesús, no son propensos al abordaje de trilladas facetas del acontecer político, y de ahí que enfocaré un tema que podría considerarse frívolo y hasta cursi, pero es propicio para la reflexión, apelando a la tolerancia de mis contados lectores.
Derivado del artículo que publiqué el 25 de febrero pasado respecto al fallecimiento de queridos amigos en corto lapso, recibí un correo cuya autoría se atribuye a Sergio Sinay, citando inicialmente a Truman Capote, quien con su libro “A sangre fría” halló el punto de encuentro entre periodismo y literatura: No se puede tener demasiados amigos, porque entonces no serías realmente amigo de ninguno.
Esta concepción de la amistad nos conduce a una realidad actual cuando la palabra amigo es desvirtuada en sitios de Internet. Cualquier persona desconocida nos invita a ser su amigo en la red social. Otro nos informa que nos agregó a su lista de amigos virtuales, que suman miles de usuarios cibernéticos. Una celebridad española se ufanaba de contar con 10 mil amigos en la red virtual, pero confesó que el día de su cumpleaños no tenía a quien invitar.
La amistad es un vínculo que se teje en el tiempo y en el espacio real. Se hila con experiencias compartidas, con actividades que generan confianza, con presencia, paciencia y capacidad de escuchar. Una persona muy popular puede tener muchos conocidos; alguien sociable puede estar colmado de contactos; pero un amigo es distinto, es una obra de artesanía, porque no se fabrican en serie.
También la amistad es un vínculo de paridad que trasciende su misma existencia, sin necesidad de plantearse propósitos ni metas. Es una de las formas más desinteresada del amor y por este mismo motivo la reciprocidad es esencial. La ausencia de reciprocidad anuncia el fin de la relación amistosa. El amigo es quien me abre la puerta que deseo abrir, me dice la verdad, es el que me serena y me da paz, dice el pensador italiano Francesco Alberoni.
Con un amigo –precisa– llegamos juntos a los mismos lugares desde puntos de vista diferentes. Dos amigos que se reencuentran tras muchos años, siguen la conversación con fluidez, porque no tienen deudas con el pasado, pero están juntos para construir un mañana.
Los amigos no tratan de modificarse el uno al otro y no se angustian por el futuro de su relación. Se aceptan y se quieren como son. El amigo es siempre un testigo que está de nuestra parte. Y en una vida plagada de desencuentros y zancadillas, esto tiene un valor inapreciable y sanador.
No se honra la amistad desde el egoísmo, se la seca cuando se carece de empatía, y no se puede acceder a ella desde la manipulación. La confianza, el compromiso, la honestidad y la justicia son requisitos ineludibles en su vivencia.
Mientras los seres humanos tengan la necesidad de amar, de valorar, de ser valorados, habrá espacio y tiempo para la amistad, para respetarla y dignificarla. Y cada amigo fue, es y será una joya única.
(Mi camarada Romualdo Tishudo recuerda palabras de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que uno entregue su vida por sus amigos”. Y el Redentor se sacrificó por la Humanidad).