El asesinato hace 30 años del estadista italiano Aldo Moro, por parte de un comando de las Brigadas Rojas, sigue siendo una herida abierta para Italia, que se interroga sobre las razones que condujeron en ese entonces a los mayores dirigentes políticos a rechazar toda negociación.
La mayoría de los italianos recuerda aún ese fatídico 16 de marzo de 1978, cuando el líder de la Democracia Cristiana fue secuestrado mientras se dirigía a la Cámara de Diputados para presidir la investidura como jefe de Gobierno de su copartidario Giulio Andreotti, quien iba a recibir por primera vez en la historia el apoyo del otrora poderoso Partido Comunista italiano.
Italia vivió en vilo durante 55 días. El grupo terrorista de extrema izquierda intentó celebrarle un «juicio popular», y al mismo tiempo prometía su liberación a través de un canje con militantes detenidos.
Pese a los numerosos y dramáticos pedidos de Moro para que se negociara con sus captores, documentados en cerca un centenar de cartas redactadas desde su cautiverio, el Estado italiano fue inflexible y las BR ejecutaron al líder democratacristiano, abandonando el cadáver en un automóvil Renault 4 el 9 de mayo.
«Ese 16 de marzo de hace treinta años algo se quebró para siempre en el alma de los italianos y la sensación que reinaba era que se temía por el futuro. La noticia de su muerte fue también un golpe terrible. Moro era un hombre respetado, inclusive por la izquierda», recuerda Anna, una profesora de 65 años.
El cuerpo de Moro fue hallado en Via Caetani, una calle localizada entre la sede central de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista Italiano, lo que constituía un reto no sólo a la clase política sino también a la policía.
La figura de Moro, artífice del histórico y controvertido acuerdo que preveía la participación del Partido Comunista, entonces representante del 30% del electorado, en un gobierno democristiano en plena Guerra Fría, era relevante.
«Era la personalidad más eminente de su generación», sostiene Marco Tarchi, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Florencia, quien reconoce que «no hubo voluntad política para encontrar una solución» al secuestro.
Moro, que fue dos veces primer ministro de Italia, era considerado un intelectual y un hábil negociador, dotes que demostró en numerosas ocasiones para lidiar con conflictos internos.
Católico practicante, sus conmovedoras cartas desde «la prisión del pueblo», a su familia, a Andreotti e inclusive al papa Pablo VI, amigo personal, constituyen hoy en día una suerte de denuncia contra los llamados poderes fuertes y las lobbies que dominaban la península.
«Las BR eran enemigas tanto de la DC como del Partido Comunista de Luigi Berlinguer y su eurocomunismo. La inflexibilidad era la única salida», insiste Andreotti, quien está por cumplir 90 años.
«Se hubiera podido salvar una vida sin que por ello se renunciara a combatir las Brigadas Rojas», admitió recientemente uno de los comunistas e intelectuales más prestigiosos del país, Pietro Ingrao, ex presidente de la Cámara de Diputados.
La familia de Moro, y en particular su esposa, Eleonora, no ha perdonado la línea adoptada por los dirigentes de la DC.
«El Estado quería la muerte de Aldo Moro. Aquellos que ocupaban cargos claves querían eliminarlo (…) porque incomodaba. Tenían mucho miedo porque sabía todo de todos», dijo la viuda de Moro, citada en el libro del ex magistrado Ferdinando Imposimato.
Para los partidarios de Moro, la jerarquía de la Iglesia y el mismo Papa no se movilizaron ni presionaron lo suficiente para salvarlo.
«Su política de apertura a los comunistas suscitaba hostilidad dentro de su partido, en los servicios secretos, en Estados Unidos y en la Unión Soviética. No la apreciaban», explicó por su parte el presidente de la Comisión Parlamentaria sobre el caso Moro, Giovanni Pellegrino.
«Estoy convencido de que se movilizaron todos aquellos a los que incomodaba para que fracasaran las negociaciones para su liberación», comentó.
Treinta años después de su muerte, los italianos rendirán el viernes un homenaje a las víctimas de los años del terrorismo.