A propósito del debate que hay ahora sobre los procesos que se siguen con relación a crímenes cometidos durante el conflicto que vivió Guatemala, llama la atención que algunos sostengan que el país está reconciliado porque aquí nadie sabe quién fue Gordon Mein o Manuel Colom Argueta, es decir, porque nuestra población en su mayoría ni vivió la época de la guerra ni se interesa por conocer la historia. Hay un viejo aforismo explicando que los pueblos que no conocen su historia están condenados a volver a repetir los mismos errores que marcan su pasado, y eso es absolutamente cierto cuando vemos esa tendencia superficial e idiota a decir que la mejor forma de vivir es enterrando el pasado sin el menor interés por conocer lo que ocurrió ni saber por qué pasó.
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Pasar la página es la receta que se nos da para no volver a enfrentarnos, pero eso significa suponer que todas las causas del conflicto están ya superadas y que no hay razón para ver hacia atrás. Siendo optimistas, dicen algunos, tenemos que ver el futuro y dejar de pensar en el pasado que nos divide, como si el futuro tuviera condiciones para integrar plenamente a una sociedad como la nuestra, marcada por diferencias que no se pueden enterrar por más que adoptemos la postura del avestruz y enterremos la cabeza.
Personalmente creo que la reconciliación tiene que tener como punto de partida el perdón entre quienes fueron parte del conflicto, pero ese perdón no puede ser producto del borrón y cuenta nueva, sino de la justicia en su sentido más puro. No cabe la búsqueda de venganza en la construcción de la concordia, pero tampoco cabe la postura ciega de cerrar los ojos a nuestra realidad.
Si ciertamente buena parte de nuestra población no sabe quiénes fueron los actores del conflicto y mucho menos quiénes fueron sus víctimas, como pueden ser el mencionado embajador de Estados Unidos y el dirigente socialdemócrata asesinado en tiempos de Lucas, eso no nos debe servir de consuelo sino debiera causarnos pena y preocupación porque no podemos ignorar nuestra historia. Solo los imbéciles pueden creer que una sociedad debe enterrar su pasado y ver hacia el futuro a partir del presente. El pasado, queramos o no, nos marca e ignorarlo no lo hace desaparecer. Porque tengamos una juventud indolente y despreocupada y porque los ciudadanos tengan poco interés por la historia no dejan de existir hechos fundamentales que marcan la vida del país y nos condicionan a todos para siempre. Nos condicionan a los que sabemos y a los que no quieren saber, porque estamos hablando de problemas estructurales profundos que han sido causa de tal nivel de división que hasta nos llevaron al enfrentamiento.
Yo sostengo que los crímenes de lesa humanidad cometidos por agentes del Estado y por guerrilleros subversivos, tienen que ser objeto de proceso en el marco de lo dispuesto por los mismos acuerdos de paz. Ciertamente hay una amnistía para los crímenes que pueden considerarse como parte de una guerra en la que los combatientes matan y mueren, pero los que fueron de lesa humanidad no pueden caer en el olvido.
Se pueden esgrimir muchos argumentos en contra de las acciones de justicia que se plantean contra esos crímenes, pero ese simplismo de querer que todo quede en el olvido, que cerremos la página de la historia y nunca volvamos a hablar de muertos porque los jóvenes de hoy no los conocen, me parece de las posturas más infantiles y torpes que he escuchado. Ese, entre todos, es el argumento más baboso para encarar nuestra realidad.