Son la quintaesencia de la arquitectura cafetalera de Costa Rica: los recibidores, parecidos a los hórreos ibéricos que sirven para conservar el grano, y que ahora se encuentran en vías de extinción, han sido la máxima expresión de un país que se desarrolló en torno al café.
Se trata de estructuras ligeras de madera, muy humildes en su expresión, sin ninguna pretensión ornamental, que instalaban los beneficios al pie de sus fincas para permitir a los pequeños propietarios vender su cosecha.
La diferencia con otros centros de acopio en otros países cafetaleros como El Salvador, Guatemala, Brasil o Ecuador es que estos recibidores son únicos en su género, dice a la AFP la arquitecta chilena afincada desde hace 40 años Costa Rica Jimena Ugarte, autora de un amplio estudio que ha documentado la mayor parte de estas construcciones en el país, plasmándolos en un libro.
Según Ugarte, la diferencia con otros países cafetaleros donde las producciones estaban en manos de terratenientes, es que en Costa Rica «había una pléyade de pequeños productores que llevaban a estas casitas su cosecha para ser vendida a los grandes beneficios».
Los recibidores son una respuesta para acercar al pequeño productor de café un lugar de acopio del producto que, de otra manera, perecería, dice Ugarte.
Son reducidos receptáculos, construidos en desnivel a la orilla de un camino o encima de pilotes, con orificios colocados a la altura del camión que se encargaba de recoger el grano en ellos depositado para llevarlo al beneficio donde sería procesado.
La característica principal, fuente de inspiración de esta arquitecta, es que las estructuras que sostienen este receptáculo aparecen en el exterior de la construcción para evitar que los granos del café pudieran quedarse atrapados en los huecos de las tablas y pudrirse o fermentar, con el consiguiente peligro para los nuevos granos depositados.
Es común encontrar varios recibidores juntos pero pintados con colores diferentes para distinguir los beneficios, que en el acto pesaban la mercancía y abonaban al agricultor el importe por su cosecha.
En su momento incluso, llegaron a desempeñar un rol social, ya que la entrega del café era para muchos campesinos la oportunidad de informarse de lo que ocurría más allá de sus aisladas fincas.
Las carreteras construidas en los últimos años en zonas rurales y el descenso de la producción cafetalera han diezmado en más de la mitad estas construcciones, de las que sobreviven unas 3.000, incapaces de captar el interés de las autoridades para protegerlas como parte del patrimonio cultural del país.
«Lo discreto de su tamaño ha contribuido a mantener en un segundo plano, casi tras bambalinas, estas construcciones que calladamente encierran aspectos esenciales de la vida del país», dice por su parte el arquitecto Bruno Stagno, director del Instituto de Arquitectura Tropical.
El grano de oro logró su máximo esplendor en la Costa Rica del siglo XIX, convirtiéndose en el motor de la economía y la base de muchas de las grandes fortunas que todavía sobreviven en el país.