La fobia escolar consiste en un trastorno de ansiedad caracterizado por el miedo o temor a ir a la escuela. Es más habitual en dos etapas del desarrollo: al entrar a la educación primaria, hacia los 6 o 7 años de edad y en la adolescencia temprana entre los 10 y 14 años.
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Dentro del desarrollo de este tipo de ansiedad es importante considerar situaciones traumáticas en los y las niños/as así como en adolescentes. Eventos familiares que les causen inestabilidad a éstos y por lo tanto se observen así mismos como guardianes y responsables de su hogar, dificultades de interrelación con pares y/o con personal del establecimiento educativo, presiones grupales y manifestaciones de acoso escolar.
Dentro de las características de este trastorno se encuentra la dificultad grave para ir al establecimiento educativo, lo que provoca ausencias; explosiones de mal humor, de miedo, de tristeza, síntomas de malestar físico no explicables por alguna alteración corporal. Todas estas desplegadas cuando un niño/a o adolescente se encuentran afrontando la situación de ir a clases; el que estos jóvenes permanezcan en casa con el conocimiento de los padres cuando éstos deberían y podrían estar en la escuela; y la  ausencia de características antisociales.
Algunos autores han considerado la fobia escolar como una manifestación del trastorno de ansiedad por separación, pero, además, es frecuente encontrarla en niños y jóvenes que padecen de otros trastornos de ansiedad y/o depresión. Este trastorno no es visto de manera específica dentro de los métodos de clasificación diagnóstica psiquiátrica usualmente utilizados en nuestro medio (CIE-10 Y DSM IV).
El tratamiento ha de abordar la comprensión de esta forma de ansiedad y en su abordaje de elección se puede incluir el uso de psicofármacos y la utilización de psicoterapia.
Es de importancia que seamos pacientes con los niños/as y jóvenes que cursan con este tipo de fobia. Nuestros deseos de que las cosas no resulten con nuestros hijos/as como las hemos planificado o pensado, en la mayoría de ocasiones, solamente conduce a sentimientos de frustración y enojo de nosotros mismos/as dirigido hacia ellos/ellas. Por lo que es prudente que dentro de nuestro rol de adultos aprendamos a manejar esta clase de sentimientos evitando así la aparición de conductas inapropiadas de nuestra parte hacia nuestros hijos.