La escritora rumana Herta Müller, premio Nobel de Literatura 2009, confesó que de pequeña, en el pequeño poblado de Nitchidorf, no tenía acceso a libros y entonces su única aspiración era ser peluquera.
Solo cuando salió de su pueblo descubrió el potencial artístico que llevaba dentro; a pesar de las dificultades que atravesó a lo largo de su vida, Müller desarrolló su talento innato y escribió “El hombre es un gran faisán en el mundo”, la obra por la que se le reconoce mundialmente.
jestrada@lahora.com.gt
En la contratapa de ese libro genial se explica que “en rumano es muy frecuente decir: «He vuelto a ser un faisán», que significa «He vuelto a fracasar», «No lo he logrado». O sea, en rumano, el faisán es un perdedor”.
Justamente, es la actitud de faisán la que impide el desarrollo de Guatemala y el ejemplo más claro se evidencia en la incomprensión del arte y las manifestaciones culturales, que para los gobernantes parece ser un tema sin importancia, pero también para muchos ciudadanos inconscientes de los rezagos y las necesidades de la mayoría de la población, que no se limitan únicamente a la salud, la educación y los demás satisfactores básicos.
He leído la desafortunada opinión de un usuario en Twitter que criticó el uso de fondos públicos para subsidiar la creatividad de los artistas guatemaltecos y aunque ya no sorprenden esas fatídicas muestras de arrogancia, el comentario obliga a una reflexión sobre la incongruente postura de muchos guatemaltecos frente a la relación entre la inversión de recursos públicos y la expresiones culturales.
En Guatemala se han utilizado los fondos estatales durante varios siglos para financiar guerras y conflictos, para robustecer ilícitamente las cuentas bancarias de políticos y empresarios, y para mantener un sistema de exclusión y violencia. Eso, sin lugar a dudas, ha sido y seguirá siendo un desperdicio tremendo de recursos que pocos quieren ver o más bien, que parece no importarle a la mayoría.
Así las cosas, no encuentro una razón para que se critique que el Estado subsidie en alguna medida el trabajo de los artistas, sobre todo cuando se entiende en una clara perspectiva la importancia de las manifestaciones culturales en una sociedad que necesita urgentemente espacios de expresión y discusión.
Negar el arte a los niños, niñas y jóvenes es limitar su potencial y por ende, es negar su progreso individual y el desarrollo futuro de la sociedad; creo que al dejar de invertir en la cultura construimos un muro que aleja a la sociedad cada vez más de la expresión, la identidad y el libre pensamiento.
De la misma manera estamos cercando nuestra capacidad de diálogo y entendimiento grupal cuando dejamos en abandono los teatros, plazas y centros culturales, que son los últimos espacios públicos de encuentro social que propician la convivencia entre diferentes sectores sociales.
En la situación en que nos encontramos, es más fácil que un niño aprenda a deslizar una tarjeta de crédito en el POS de una tienda en el mall, que aprenda a cantar o a interpretar un instrumento musical. ¿Acaso esto no es una llamada de atención para el país?
Ya sea que se trate de heavy metal o música clásica, danza contemporánea, literatura existencialista o cinematografía alternativa, el arte siempre será una buena inversión.
Apostemos por el arte y dejemos de ser faisanes.