Vox populi, vox nihil. Un leonino contrato de explotación minera, petrolera o eléctrica, de consecuencias catastróficas para el ambiente y la población, tiene más validez que una consulta popular, referéndum o como se le quiera llamar. El oro o el petróleo y su brazo armado, el ecoterrorismo, valen más que el derecho colectivo a disentir, la salud humana y la vida misma. El ejercicio democrático local no es vinculante -dicen–, no tiene efectos disuasivos ni mucho menos legales. Con el falsario pretexto del «desarrollo», las transnacionales, el Estado y los sucesivos gobiernos entreguistas arman su contubernio represivo — amenazas, soborno, coerción, chantaje, criminalización, usurpación, desalojos– en tanto de las venas abiertas de la patria broten nuestros recursos no renovables hacia los bancos imperiales. Al cabo, nos dejan más pobreza y enfermedades nuevas, menos «desarrollo», agua tóxica, suelos estrujados. Otra vertiente de nuestro destino manifiesto, siempre bajo la dictadura del mercado, enemigo de la democracia.
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Mandaderos. Entre mis muchas carencias, no siempre demasiado obvias, la de nunca haber tenido quien me haga los mandados es de las menos requeridas, apremiantes y conscientes. Talvez por eso no deja de asombrarme cuando alguien, en medio de una conversación, asegura que fulano de tal le hace los mandados. Entonces me imagino a dicho fulano llevando y trayendo mensajes de ese alguien, yendo de compras al mercado o a la tienda de la esquina, con la celeridad y eficiencia que se espera de él. «A mí zutano me hace los mandados» expresa por ahí (con naturalidad pasmosa) otro afortunado, pero refiriéndose a quien para cualquiera es imposible forjarlo en la mente entregado a tales comisiones talvez ni siquiera remuneradas, sobre todo si el supuesto mandadero es un director general, un diputado distrital o incluso un ministro de Estado, personajes que rara vez tienen tiempo, incluso en horas inhábiles, para realizar todo tipo de encargos, compras, pagos, avisos, etcétera, precisamente por orden o recomendación de alguien a quien por lo visto, le deben acatamiento y servicio. Y así como a mí nunca me han hecho los mandados, eso es seguro, ignoro si de manera inconsciente, mediante hábiles manipulaciones, yo le he hecho los mandados a quienes menos me imagino, lo cual no tendría nada de raro en un país como el de la eterna.
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Cepos unionistas. O cepos inteligentes, que nunca son puestos a un automóvil arzuísta, pero si por lamentable equivocación se le coloca, en un santiamén son retirados por diligentes emetristas, previa llamada telefónica desde el palacio del mono, perdón de la loba.
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Putrefacta opulencia. De acuerdo con prestigiosos analistas internacionales, que pidieron el anonimato, ni a la mano de Al- Qaeda ni al «eje del mal» (sic) se les puede ni debe relacionar con la catástrofe financiera en el corazón del imperio, pues en éste precisamente germina la semilla de su propia destrucción. No es el terrorismo inducido ni la terror histeria lo que debilita las instituciones económicas yanquis; son sus entrañas putrefactas revestidas de opulencia deslumbrante. En economía, aseguran los expertos consultados, el libertinaje tiene rostro inhumano, bestial, que termina por devorarse a sí mismo.
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Apelar a la ética del capitalista neoliberal es como recurrir a la moral del politiquero o a la misericordia de la fiera.