REALIDARIO (DCXLII)


Zompopo de junio. Por este medio idóneo, mi amigo el zompopo de mayo quiere dejar constancia que por motivos ajenos a su naturaleza y a su buena voluntad en los últimos años le ha sido imposible hacer su eclosión o aparición en el mes de la madre y de las flores, como le era caracterí­stico, toda vez que la contaminación ambiental, la proliferación del cemento y el asfalto, el trastorno de las estaciones, el camino climático en una palabra, han alterado, dañado y estropeado el medio o elemento natural en que solí­a vivir y desarrollarse como lo vení­a haciendo durante millones de años -todo ello en descarada violación a sus derechos zoológicos-, por lo cual ha debido trasladar al mes de junio y en casos especiales a julio o agosto, su esperado surgimiento en las pocas áreas verdes y jardines que van quedando en el paí­s de la eterna; pero ya no en cantidades que solí­a ni con la salud y energí­a de los viejos tiempos; aunque está consciente, concluye ni amigo el zompopo de mayo (junio), de que a la gente le da igual (NO obstante él fue antes y será después).

René Leiva

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De la CIA para Obama. Si alguna vez Barack Obama decide visitar el paí­s de la eterna, alguien (no necesariamente ílvaro) podrí­a obsequiarle el libro «CIA Guatemala, Operación PBSuccess», si es que no lo ha leí­do ya en la edición original en el idioma de Eisenhower y también deberí­a regalarse dicho documento -elaborado por Nick Cullather, historiador de la CIA, sus archivos desclasificados- a personajes como Mario Vargas Llosa (e hijo), Andrés Oppenheimer, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner, entre otros perfectos genios latinoamericanos, no precisamente para que lo lean.

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Cavar su propia tumba. Contra lo que muchos creen, yo pienso que eso de cavar su propia tumba es un acto de la más alta filosofí­a, de misticismo trascendental, de sabidurí­a empí­rica, amor a la patria en particular y a la humanidad en general, que una persona puede realizar en esta vida, sobre todo si se trata de un polí­tico; es decir, mejor si de un polí­tico se trata el asunto. Todo polí­tico de partido que se respete deberí­a tener la decencia y la entereza de cavar su propia tumba, en el lugar que fuese. Ir a dicho sitio alejado de la civilización, tomar una piocha, una pala proceder a abrir una fosa de dos metros de profundidad, otros dos metros de largo por uno de ancho, pero no quedarse en eso y regresar tranquilamente a su casa u oficina, pues ¿que chiste tiene que un polí­tico cave su propia tumba y de todos modos muera de viejo, en su cama, y millonario, con infinidad de esquelas en los diarios? Una vez terminada la excavación, el polí­tico digno, parado sobre el volcán de tierra extraí­da, debe proferir las siguientes palabras inmortales: «Señores, esta es mi tumba, recién cavada por mí­ mismo, abierta con el sudor de mi frente, a mucho orgullo, y espero me entierren lo antes posible, así­ como estoy, ya que mañana serí­a demasiado tarde. Terminemos lo que en realidad empecé hace mucho tiempo.»

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No besar: A H1N1. No deja de ser molesto y enojoso eso de que llegue uno a determinada dependencia, debidamente rasurado, bañado, cambiado de ropa y bien enjuagada la boca, con el sano propósito de besuquear a cuatro o cinco guapas secretarias y a dos o tres hermosas licenciadas -a manera de saludo, se entiende-, pero se encuentra con un horrible letrero en el que se le conmina a abstenerse de eso precisamente, de besar a las damas que allí­ laboran, debido a cierto virus envidioso e intruso que en su perversidad ha decidido alojarse y medrar en los lugares más sagrados y delicados de la humana anatomí­a.