Zompopo de junio. Por este medio idóneo, mi amigo el zompopo de mayo quiere dejar constancia que por motivos ajenos a su naturaleza y a su buena voluntad en los últimos años le ha sido imposible hacer su eclosión o aparición en el mes de la madre y de las flores, como le era característico, toda vez que la contaminación ambiental, la proliferación del cemento y el asfalto, el trastorno de las estaciones, el camino climático en una palabra, han alterado, dañado y estropeado el medio o elemento natural en que solía vivir y desarrollarse como lo venía haciendo durante millones de años -todo ello en descarada violación a sus derechos zoológicos-, por lo cual ha debido trasladar al mes de junio y en casos especiales a julio o agosto, su esperado surgimiento en las pocas áreas verdes y jardines que van quedando en el país de la eterna; pero ya no en cantidades que solía ni con la salud y energía de los viejos tiempos; aunque está consciente, concluye ni amigo el zompopo de mayo (junio), de que a la gente le da igual (NO obstante él fue antes y será después).
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De la CIA para Obama. Si alguna vez Barack Obama decide visitar el país de la eterna, alguien (no necesariamente ílvaro) podría obsequiarle el libro «CIA Guatemala, Operación PBSuccess», si es que no lo ha leído ya en la edición original en el idioma de Eisenhower y también debería regalarse dicho documento -elaborado por Nick Cullather, historiador de la CIA, sus archivos desclasificados- a personajes como Mario Vargas Llosa (e hijo), Andrés Oppenheimer, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner, entre otros perfectos genios latinoamericanos, no precisamente para que lo lean.
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Cavar su propia tumba. Contra lo que muchos creen, yo pienso que eso de cavar su propia tumba es un acto de la más alta filosofía, de misticismo trascendental, de sabiduría empírica, amor a la patria en particular y a la humanidad en general, que una persona puede realizar en esta vida, sobre todo si se trata de un político; es decir, mejor si de un político se trata el asunto. Todo político de partido que se respete debería tener la decencia y la entereza de cavar su propia tumba, en el lugar que fuese. Ir a dicho sitio alejado de la civilización, tomar una piocha, una pala proceder a abrir una fosa de dos metros de profundidad, otros dos metros de largo por uno de ancho, pero no quedarse en eso y regresar tranquilamente a su casa u oficina, pues ¿que chiste tiene que un político cave su propia tumba y de todos modos muera de viejo, en su cama, y millonario, con infinidad de esquelas en los diarios? Una vez terminada la excavación, el político digno, parado sobre el volcán de tierra extraída, debe proferir las siguientes palabras inmortales: «Señores, esta es mi tumba, recién cavada por mí mismo, abierta con el sudor de mi frente, a mucho orgullo, y espero me entierren lo antes posible, así como estoy, ya que mañana sería demasiado tarde. Terminemos lo que en realidad empecé hace mucho tiempo.»
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No besar: A H1N1. No deja de ser molesto y enojoso eso de que llegue uno a determinada dependencia, debidamente rasurado, bañado, cambiado de ropa y bien enjuagada la boca, con el sano propósito de besuquear a cuatro o cinco guapas secretarias y a dos o tres hermosas licenciadas -a manera de saludo, se entiende-, pero se encuentra con un horrible letrero en el que se le conmina a abstenerse de eso precisamente, de besar a las damas que allí laboran, debido a cierto virus envidioso e intruso que en su perversidad ha decidido alojarse y medrar en los lugares más sagrados y delicados de la humana anatomía.