La tal izquierda. Algunos intelectuales de derecha -que los hay- todavía tienen una visión tacaña, economicista, de la izquierda, reduciéndola a una supuesta intención de que el Estado controle los medios de producción (a estas alturas). Nada más, al parecer. A eso disminuyen los conservadores su impresión acerca de lo que se conoce como izquierda, no se entiende si por ignorancia, torpeza o pura mala fe.
A pesar de la importancia fundamental de lo económico -trabajo, capital, precios, salarios, etc.-, la izquierda comprende un complejo y en buena medida heterogéneo y heterodoxo conjunto de vertientes, personas, organizaciones y tendencias, eso sí, opuestas al conservadurismo social, económico y político. La izquierda es bastante más que socialismo, y sobre todo socialismo utópico (sea del siglo XIX o del XXI, es la faceta más obvia, controvertida y estigmatizada, pero no la más radical). Es nutrida por la democracia incluyente y emancipativa; por una tradición secular de rebeldía ante el establishment (alienación cultural, consumismo irracional, explotación del hombre por el hombre); revisionismo, contestatarismo, cuestionamiento sistemático, subversión de ciertos órdenes y valores tradicionales; defensa y fortaleza de los derechos humanos, la justicia social, respecto a los derechos de las minorías; del Estado y del mercado en función social, de la ciencia y la tecnología al servicio del ser humano (y no al revés); de consideración por la biodiversidad, la ecología razonable, un mundo respirable; por la abolición de las discriminaciones y los privilegios, el racismo y la xenofobia; a favor de las diferencias pero contra las desigualdades; a favor de los pobres pero contra la pobreza; a favor de la individualidad pero contra el individualismo egoísta. La izquierda es un océano alimentado por muchos ríos; muchas posibilidades, en un universo de imposibles; otro mundo dentro de este. (Cabe recordar que los izquierdistas también son humanos y que dentro de sus filas han habido -hay, habrá- oportunistas, aventureros, vividores, noveleros, figurines, falsos profetas, paracaidistas, infiltrados, saboteadores, espías, iscariotes, desertores.)
*****
El coche expiatorio. Ninguna gracia le ha hecho a mi amigo el coche -también conocido con los exóticos nombres de puerco, marrano, cerdo o cochino- eso es de que a cierto tipo de influenza o gripe la hayan bautizado con un adjetivo derivado de uno de sus dignos y apetitosos apelativos: porcina. Mi amigo el coche -como cariñosamente le llamamos por estos lares, y nada tiene que ver con cierto vehículo- siente que se han violado sus derechos humanos al asociarlo con una epidemia que afecta a los individuos de la raza humana precisamente; y toda vez que -según asegura- él nunca ha padecido ni siquiera de un catarro común (en lo personal, no sabe lo que es estornudar ni tener alta temperatura corporal), que, aparte del humano, nunca ha estado en trato o relación alguna con ningún otro virus (sic), ya que se cuida mucho y posee hábitos de elemental higiene, con el fin de conservar su salud y evitar enfermedades contagiosas que pondrían en peligro lo sabroso y nutritivo de su preciada carne. Pero lo que más indigna a mi amigo el coche es que en ninguna farmacia le quieran vender una pinche mascarilla de a cinco quetzales, lo cual considera una clara discriminación más allá de lo zoológico.
(Mi amigo el coche conjetura que sus gratuitos detractores lo han utilizado como el chivo expiatorio más a la mano.)