REALIDARIO (DCLXXII)


BENEFICIOS DE LA DUDA AGOTADOS. En las bodegas o depósitos de beneficios de la duda están agotadas las existencias, según ha trascendido, por lo que ya no se puede hablar siquiera de racionamientos. Dudas no queda ni una, luego de estarlas desperdiciando aquí­ y allá, a éste y aquél individuo desconocido o inexperto, como un beneficio precisamente, pero con fecha de vencimiento, ya que las dudas, en general, luego se shuquean, les sale moho, crean gusanos, se agrian, despiden un hedor insoportable, en fin. No obstante, esas mismas dudas de toda la vida, pero ya recicladas, serán utilizadas, por enésima vez, a partir de 14 de enero de 2012, a las 14 horas en punto, siempre en calidad de beneficio.

René Leiva

*****

EL íRBOL Y EL BOSQUE, A LA VEZ. Se encuentran ya a la venta, o sea en el mercado local, unos novedosos anteojos o gafas para por fin poder apreciar, de forma simultánea o coincidente, el árbol y el bosque a la vez, a conveniencia o capricho del feliz usuario de esos maravillosos adminí­culos ópticos. Ante la queja constante de que muchas personas económicamente activas por ver el árbol no miraban el bosque, o al revés, que por apreciar el bosque les pasaba desapercibido el árbol, los cientí­ficos han creado dichos lentes, del orden de los bifocales, luego de largas y duras pruebas de campo y de laboratorio mediante tecnologí­a de punta. Hoy en dí­a, de manera alternada o sincrónica, es absolutamente posible observar el árbol más cercano, o dos o tres árboles en lo individual, y al mismo tiempo tener una panorámica detallada de todo el bosque, sin que esto signifique ningún esfuerzo fí­sico, emocional o mental que pueda afectar las neuronas o cualquier otra parte del cerebro o del espí­ritu, todo ello sin necesidad de ir al campo, y sea de noche o de dí­a, esté nublado o brille el astro rey. En adelante, entonces, ya no valdrán excusas como «fí­jese que por estar embelesado viendo el árbol, tan bonito, se me pasó por alto el bosque…» o viceversa.

*****

EL PARAíSO INSINUADO. Edward Bullvillage Tí­shudd, de conocidas generales, cree, presume, conjetura, especula y presupone que yo podrí­a tener conocimientos eruditos y filológicos etimológicos y semánticos acerca de cierto traje de baño femenino de nombre infumable, cuando a mí­ lo único que me ha interesado desde tiempos inmemoriales es todo aquello que contiene, guarda y en cierto modo atesora un escaso biquini, por ejemplo, del color que sea, aun cuando no se distinga qué del escultural cuerpo femí­neo queda adentro y cuándo de fuera; si puede discernirse, a simple vista, una porosa frontera entre lo prohibido y lo imaginario, que en teorí­a deberí­a definir o al menos denotar el traje de baño en cuestión. Aparte de que mi imaginación se resiente cuando no le deja nada para idear precisamente, que para ella es un ejercicio edificante y simple rejuvenecedor. La realidad desnuda o semiencuerada deja en ayunas a la imaginación. (Ah, ese Uaito Biatoro.)

Quienes escribimos para La Hora, el hecho de acostumbrarlo es un apoyo tácito y solidario para con su lí­nea editorial, su procedimiento informativo, su libro de vida. No es una relación comercial o laboral; es, más bien, un ví­nculo afectivo, de concordancia y sintoní­a histórica.