Realidario (DCLXXI)


EDICIí“N DE LA VERDAD O LA VERDAD EDITADA. En teorí­a, la materia prima de la información o del conjunto de noticias y datos que maneja el periodismo es la realidad o la verdad de los acontecimientos y sucesos. En la práctica, debido a multiplicidad de factores -ideológicos, polí­ticos, económicos, industriales, mercadotécnicos, sectoriales, individuales, etc.-, la transmisión de la referida información, de manera impresa o electrónica, sufre un complejo proceso de selección, clasificación y elaboración o transformación conocido como edición. De los hechos en bruto al producto noticioso para consumo masivo, la verdad padece cambios literalmente dramáticos en los sentidos teatral y empresarial del adjetivo, gracias precisamente a sus editores. La inevitable y rentable edición de la realidad significa un juego programado de discriminaciones y privilegios informativos, extrañas e inexplicables coberturas, descontinuaciones y descontextualizaciones; escamoteos y medias verdades; verdades tendenciosas y verdades a la carta; la verdad dosificada, mutilada, maquillada o disfrazada; convenientes montajes con fragmentos de diversas realidades… De la materia prima original (la verdad al natural, sin adictivos o adulteraciones) al producto ¿final? De marca registrada. La prerrogativa de editar la realidad significa un poder con mucho de sofí­stico y nada de filosófico. (Con la colaboración de mi entrañable compadre Pedro Gruyo.)

René Leiva

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íRBOLES CAIDOS. Conforme a varias investigaciones y estudios académicos realizados, el árbol caí­do puede dividirse en por lo menos tres órdenes; de los que se hace leña; los que se dejan por ahí­ tirados, pudriéndose; y los que se aprovecha su madera para elaborar muebles, utensilios e incluso algún tipo de escultura moderna o vanguardista. (El árbol caí­do deviene en tal porque se pudrió-corrompió; lo derribó un rayo de í­ndole jurí­dica; llegó a viejo y no aguantó tenerse en pie). Obviamente lo que más abunda, en un noventa por ciento (90%), son aquellos árboles caí­dos de los que todos se aprovechan para hacerlos leña, sea a hachazo o a machetazo limpio, sin miramiento alguno, como otro deporte nacional practicado en los periódicos, la mayor parte de las veces, por lo fácil y cómodo que es, además del dudoso prestigio personal que dicho ejercicio representa para los esforzados leñadores más o menos ocasionales. Lo razonable serí­a, según los entendidos, que sólo quienes colaboran en la caí­da del árbol que se ha podrido en pie, hiciesen leña de dicha planta leñosa; ello en aras de la ética (sic).

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DIVIDE Y PERDERAS. Lo que en verdad divide a la derecha de «este paí­s» es el grado de codicia, individualismo egoí­sta, triunfalismo ideológico, prepotencia y altanerí­a de sus cuadros altos y medios. Nada más. Es todo. Digamos.

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SIEMPRE, los mejores hijos de la patria están bajo la tierra. (Condesa de Cuilco, 1794).

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«Pondré los pies en la tierra cuando deje de gritar.» (Glutamato de Halicarnaso, 560 a.C.