REALIDARIO (DCCXXX)


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EL TEDIO DE LOS DIOSES. Hubo un tiempo remoto en que me gustaba apoltronarme ante la caja, cajón o ventana, durante varias horas, a ver cosas y casos que mi mente apenas retenía porque lo que más me apetecía era oprimir los botoncitos de otra caja, pequeñita, hija de aquélla, a manera de formar un encadenamiento de imágenes y sonidos que iban desde comerciales sobre parrillas eléctricas o dispositivos menstruales, hasta ciertas excavaciones realizadas por arqueólogos suecos en Kargeh o una persecución automovilística en calles de San Francisco, California.

René Leiva


Me creía una especie de dios; poseía el don de la ubicuidad; disponía a mi antojo del tiempo y del espacio; penetraba al interior de vidas y actitudes ajenas… Hasta que un día, como sucede a todos los dioses de todos los panteones, me aburrí de aquel remedo de vida y decidí destruir ese mundo en el que, también como a todos los dioses, yo apenas intervenía, no obstante mi omnipotencia formal (o manual).
Entonces cargué con aquella caja hasta el centro del patio y procedí a darle de martillazos y a lanzarle ladrillos y unos cuantos puntapiés con mis botas vaqueras. Eso fue domingo. El lunes el camión de la basura se llevó los restos de mi tormento. El martes empecé a sentir los efectos de mi acción. El miércoles solicité una cita con cierto psicólogo a quien, hasta la fecha, visito dos veces por semana. Ahora soy una persona liberada, en vías de conocerse a sí mismo, en camino de vaciar del todo, por fin, mi tedio divino.

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DE LA CARABINA. La carabina de Ambrosio, contra lo que podría suponerse, no está llena de orín y herrumbre, ni arrinconada en un oscuro y polvoriento desván. Al contrario, la carabina de Ambrosio luce casi nuevecita, como recién salida del taller del armero, bien aceitada e incluso pulcra en su brillante nitidez. Claro que Ambrosio, el pobre, no sabe que su celebérrima carabina se encuentra más vigente y más útil que nunca, no únicamente en los gloriosos cuarteles; más que todo en asambleas, sesiones plenarias, “sistemas de diálogos nacionales”, foros, congresos, cónclaves, mesas redondas y cuadradas, instancias, comisiones nacionales, “cumbres” regionales, pactos de caballeros… Allí la carabina de Ambrosio es, a la postre, no obstante su antigüedad, el verdadero espíritu que anima los ánimos.

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“La educación no es instrumento de nada. La educación es melodía.” (Luctecio de Osmio, siglo IV a.C.)

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“Siempre, los mejores hijos de la patria están bajo tierra.” (Quelonio de Tracia.)