LA ILUSIí“N Y EL ERUCTO. Comer frijoles y eructar pollo -o pavo o faisán, qué más da- no se debe, como podría pensarse, a un metabolismo poco común, a la acción de las enzimas, hormonas u otras substancias que secreta el organismo en su función de asimilación y desasimilación de los alimentos. La verdad es muy otra.
Cierto especialista en nutrición amigo mío y quien también hace sus pinitos en el intrincado campo de la psicología, me asegura que la persona que eructa pollo habiendo comido frijoles lo que pone en funcionamiento es un mecanismo mental bastante sofisticado, es decir plagado de sofisticaciones, que consiste en imaginar, a la hora de consumir sus ya no tan proletarios frijoles, que engulle pechugas, alones y mollejas rociadas con vino Jerez. Lo demás lo hace la imaginación llamada la loca de la casa (sic). Psicológicamente el individuo no comió sus cotidianos frijoles parados que rebotan en el plato sino pollo, y por lo tanto su propio cerebro y su mente le ordenan eructar pollo al ajillo, guisado o en amarillo. Y como al fin y al cabo el eructo o regí¼eldo es sólo gases y ruido inofensivo, dejemos a cada cual con sus ilusiones.
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NO A JUAN SINO A PEDRO. ¿Decírselo a Juan para que lo entienda Pedro? ¿Y qué tiene que ver Juan en todo esto? ¿Por qué no llegar ante Pedro y hablarle de una vez, sin intermediarios, cara a cara? Al fin y al cabo Juan es una buena persona, un poco ingenuo tal vez, pero es indigno usarlo como un peón en la jugada, o como si fuese carnada para atrapar un pez mayor, la pieza que en verdad interesa. Por otra parte, es mejor no andarse con rodeos y circunloquios: si Pedro debe saber alguna cosa que la sepa de una vez y no de rebote, con feas indirectas o insinuaciones. Porque puede suceder que el tal Pedro no logre entender nada, no se dé por aludido y enterado, o simplemente se haga el baboso, como quien dice eso no va conmigo. Por lo tanto hay que dejar al buen Juan en paz, tranquilo, e ir directamente con Pedro y expresarle esas tres o cuatro cosas muy claro para que las entienda; para que las entienda él y no otro.
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BOTELLAS AL MAR. Cierto que las botellas tiradas al mar no parecen tener un destino cuando el propio mundo lucha para no naufragar. Pero aun cuando la visión lúcida de la realidad derive hacia el pesimismo y la derrota, hay quienes siguen en el empeño de arrojar al mar mensajes dentro de una botella con la esperanza de que alguien la recoja y, sentado en la playa, al leer el manuscrito rescate por lo menos un grano de arena de este mundo, y de esa manera celebre el viejo rito de un hallazgo compartido con nadie.