Recuerdo cuando Oscar mi hijo estaba empezando su entrenamiento en Philadephia, como residente de medicina interna, y nos comentó orgulloso que estaba recibiendo clases con un médico que acababa de publicar un artículo en el New England Journal of Medicine, revista sumamente prestigiosa de la que ya había escuchado antes a Oscar y su abuelo, el doctor Pérez Avendaño, hablar cuando el primero estaba en la Facultad de Medicina y compartía algunos artículos de esa revista con sus compañeros de internado en los hospitales San Juan de Dios y Roosevelt.
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Hace algunos meses nos contó que había terminado una investigación y que había decidido enviarla al New England Journal para que fuera analizada. Nos dijo que no se hacía muchas ilusiones porque no era fácil lograr su publicación, pero que de todos modos había pensado que no hay peor lucha que la que no se hace. En noviembre pasado, mientras estábamos en Pittsburgh cuidando a sus hijos mientras él y Tania, su esposa, habían viajado a California, nos llamó un día emocionado para decir que acababa de recibir el correo electrónico en el que le comunicaban que el trabajo había sido aceptado y que luego le darían la fecha de publicación.
En los últimos días de diciembre, compartiendo con ellos una breve vacación en Florida, le comunicaron que el trabajo sería publicado el día de hoy, pero en las comunicaciones había severas normas respecto al embargo de la información porque esa revista científica no permite filtraciones y publica sólo trabajos originales. Cuando leí los comentarios que le enviaban sus colegas del Laboratorio de Cateterismos de la Universidad de Pittsburgh, dimensioné la importancia que tenía el evento que me parecía algo notable, pero no al grado que pude darme cuenta cuando los otros doctores manifestaban efusivamente la satisfacción y lo que para UPMC y su ranking como centro de atención cardiaca, tenía esa publicación.
Me imagino que no es el primer guatemalteco que dirige una investigación que se publica en el New England Journal of Medicine porque en Estados Unidos han brillado muchos médicos de nuestro país y especialmente en el área de Boston, donde se edita la revista, son muy reconocidos los trabajos y aportes que en su momento hicieron galenos como Rodolfo Herrera y Aldo Castañeda. Pero evidentemente se trata de un motivo extraordinario de orgullo porque no sólo es un éxito personal de Oscar, sino que en buena medida tiene que ver con la formación recibida desde sus años escolares en Guatemala, en el Centro Escolar El Roble y luego en la Facultad de Medicina de la Universidad Francisco Marroquín.
Oscar siempre piensa en volver al país, aunque el tipo de trabajo que realiza de alguna manera lo mantiene atado por las facilidades no sólo en la cantidad de intervenciones que hace mensualmente, sino también en la investigación que es parte de su vocación. Y lo más importante de sus logros es que siempre los ha ido alcanzando sin olvidar la prédica constante de su mamá, quien intuyendo sin duda el potencial que tenía, le insistía en que la verdadera grandeza tenía que caracterizarse por la humildad y sencillez, las que en el caso de un médico, se marcan por el trato personal y dedicado con el paciente.
He conocido a pacientes de Oscar que son testimonio de esa dedicación personal por ellos. He conocido a sus colegas que reconocen su capacidad académica y clínica, pero que destacan su forma de ser con ellos y con sus pacientes. Por todo eso, hoy digo que me siento muy razonablemente orgulloso.