Ramón Sampedro: Cartas desde el infierno


Eduardo Blandón

La vida nunca ha sido fácil: hay enfermedades, desamor, angustia, miedo y sufrimiento por doquier. Nada que lleve el signo existencial es sencillo. Pero en esto también hay niveles, siempre se puede vivir peor. Este fue el caso, sin duda, de Ramón Sampedro, un tetrapléjico gallego que le tocó vivir en cama durante más de 27 años en la más absoluta miseria.


La historia es casi conocida por cualquier lector (porque, además, fue narrada por Alejandro Amenábar, en su pelí­cula «Mar adentro»). Sampedro, un marinero de 25 años, se rompe el cuello al caer accidentalmente de cabeza al agua desde una roca en un dí­a de resaca marí­tima. Una historia, digamos no rara, pero extraordinaria en él por su deseo constante de morir.

El presente libro, precisamente, es una antí­fona constante por la que pide piedad, misericordia y comprensión para poder morir. Sampedro no entiende cómo le privan de un derecho que le parece natural y, sobre todo, humano. Mantenerlo con vida es, según sus amargas letras, una desgracia descomunal y un suplicio sin fin.

El libro es meritorio desde casi cualquier ángulo que se vea. En primer lugar, por la dificultad que le representó escribir los textos. Se sabe que escribí­a con un palo que sujetaba con la boca y al que en el otro extremo amarraba un bolí­grafo. Toda una proeza que bien habrí­a merecido un premio a la paciencia y la tenacidad. En segundo lugar, y esto es tan valioso como lo anterior, el contenido es de una calidad filosófica y poética que incluso hacen dudar si su autor era verdaderamente un sencillo marinero mercante como apuntan sus biógrafos.

El lector encontrará en la obra reflexiones a granel envueltas en poesí­as, epí­stolas o simplemente quejas y crí­ticas a quienes se oponen a su persistencia de morir. Semejante caracterí­stica hace que el trabajo pueda leerse en una noche inmensa de insomnio. Los capí­tulos terminan pronto y no hay un orden especí­fico en cada texto, esto permite acercarse al contenido «ad libitum» (o sea, a como a uno le dé la gana).

Hay que advertir que el libro puede convertirse en un cántico de muerte y desesperanza con capacidad depresora para el lector demasiado sensible. Sampedro es temático, insistente, terco y cabeza dura, quiere morir y lo pide en cada lí­nea. Por eso, como he apuntado, puede, al conservador, desagradar y enfadar por tanta insistencia e incomprensión. Pero, si se es tolerante, el libro no hace sino hacernos pensar. Examinemos algunos de los argumentos del gallego tozudo.

Sampedro afirma que su condición de tetrapléjico es humillante, no es digna de vivirse y, por lo tanto, tiene todo el derecho del mundo a morir. Encuentra incomprensible la posición opuesta de la Iglesia, pero más aún, la actitud de las leyes civiles que le obliga a soportar su estado.

«El dí­a 23 de agosto de 1968 me fracturé el cuello al zambullirme en una playa y tocar con la cabeza en la arena del fondo. Desde ese dí­a soy una cabeza viva y un cuerpo muerto. Se podrí­a decir que soy el espí­ritu parlante de un muerto. Si hubiese sido un animal, habrí­a recibido un trato acorde con los sentimientos humanos más nobles. Me habrí­an rematado porque les habrí­a parecido inhumano dejarme en ese estado para el resto de la vida. ¡A veces es mala suerte ser un mono degenerado!».

Un tetrapléjico es, para Sampedro, un muerto crónico que tiene su residencia en el infierno. Y, como él dice, siente desagrado en representar el papel de un muerto crónico en la comedia del vivir para sobrevivir «en función de la picaresca del lenguaje técnico». El tetrapléjico no merece vivir y la salida más cristiana (si es que los cristianos quieren ser consecuentes) es la muerte.

«El dí­a que la ciencia dio por imposible curarme la parálisis, pensé, con la desesperación del animal atrapado en la trampa infernal de algún cruel y despiadado cazador, en la bondad de la muerte. ¡La caridad bien entendida comienza por uno mismo! Pero este principio moral parece que sólo lo entienden los polí­ticos, jueces, religiosos, médicos, cuando se trata de aumentar sus salarios para cobrar el bien que hacen por la humanidad».

Tanto despropósito del Estado y la Iglesia hacen pensar al tetrapléjico que esas instituciones no sólo son intolerantes, sino incluso poco inteligentes y perversas. Son enemigos de la vida y los responsables de la destrucción del hombre como individuo. ¡Sólo a una garrapata se le ocurrirá decir que el deber de su perro es sufrir!, afirma.

«Está bien que alguien no quiera oí­r hablar de la muerte, pero hacer creer que la persona, o personas, que piden el derecho a decidir el final de sus vidas, lo que en realidad están pidiendo es que les demuestren cariño, sólo pone de manifiesto que son los maestros del engaño los que se están engañando a sí­ mismos. Lo que éticamente cabrí­a hacer serí­a concederle a cada persona la libertad que reclama. Es decir: pedid y se os dará. Si llevan a cabo lo que dicen desear, no hay autoengaño, y si no lo hacen, sí­. í‰sta serí­a la única forma de no manipular la verdad».

El deseo de morir de Ramón, como ya lo he dicho, no sólo lo expresa por medio de reflexiones, sino también en poesí­as. No son textos rosa o con mucha metáfora, sino ideas directas que van al grano con respecto a su sufrimiento y su petición. Sampedro piensa que no hay lugar para el amor en su poesí­a: «Â¿Y cómo hablo de amor si estoy muerto?, se pregunta.

«Es horrible ser un muerto entre los humanos.

Ser el muñeco con quien representan una parodia

absurda

los psicópatas esquizofrénicos vivos

que disfrutan con la visión de un cadáver

putrefacto.

Embadurnado de excrementos, babas y locura

al que con asco y saña, impertinentes, siguen

limpiando.

Y pide liberarse, el cadáver, de entre los vivos locos,

pero éstos no entienden los silenciosos gritos de

los muertos».

«Cartas desde el infierno», bien puede verse como un texto lúgubre, pero, si se la piensa bien, es un libro que nos ayudará a ver desde ángulos muchas veces insospechados. Le recomiendo su lectura. Puede solicitarlo en Librerí­a Loyola.