R E A L I D A R I O (DLXVI)


Alerta roja en la Aviapabgua. En asamblea permanente, la Asociación de Viejitas Abrazables y Patojitos Besuqueables de Guatemala (Aviapabgua) acordó declararse en alerta roja ante el acoso y la ofensiva de los presidenciables que por estos aciagos dí­as visitan las áreas marginadas, barrios populares, aldeas y caserí­os con el insano y perverso propósito de retratarse en la abrazadera de viejitas y el besuqueo de patojitas, ello como parte de la campaña electoral para ganar votos de los hijos de esas viejitas y los padres de esos patojitos, inocentes ví­ctimas propiciatorias de cada cuatrienio en el paí­s de la eterna. Dicha alerta roja no es más que un estado o situación de extrema vigilancia y atención, o condición lí­mite, a que pueden llegar las patojitos y viejitas para evitar en la medida de lo posible el ser besuqueados (los unos) y abrazadas (las otras) por parte de los inescrupulosos candidatos presidenciales. No obstante, la Aviapabgua, en los próximos dí­as, definirá ciertas estrategias, planes o técnicas especí­ficas, de orden preventivo/profiláctico, con la asesorí­a de expertos, para atajar o mantener alejados esas abrazaderas y esos besuqueos perpetrados contra todos sus miembros, activos y no activos, se manifestó.

René Leiva

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De huesos y chuchos. Si el Estado es una suerte de esqueleto todaví­a carnudo, el gobierno de turno vendrí­a a ser una especie de jaurí­a, en la que cada chucho espera ser favorecido en la repartición de los mencionados huesos, y mientras más carnudo sea el hueso, pues qué mejor. Porque sucede que unos huesos son más grandes que otros, pues así­ como hay fémures también existen muchas vértebras, tarsos, metatarsos y falanges, de reducido tamaño, que los perros del partido polí­tico en el poder más bien aceptan de mala gana. Y también acontece que a pesar de que el esqueleto-Estado tiene un número definido de huesos, y como los chuchos del gobierno son demasiados, entonces se procede a crear o más bien a inventar nuevos huesos, de regular tamaño, para así­ satisfacer la ambición perruna, que a veces no se conforma con uno solo, sino que quiere dos, tres y hasta cuatro huesos a la vez, y de los más carnudos. Incluso se dan casos de que chuchos que no prestan sus servicios hambrientos en el gobierno de turno, pero son sobrinos o compadres de los grandes perros, gozan del privilegio de alguna su costilla o un su omóplato, para que los disfrute tranquilamente en su perrera particular o privada y devolverlo, casi siempre, con el cambio de gobierno.

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¿Malas lenguas? Al cabo de tanta aguas negras que han pasado bajo el puente, yo pienso que a las llamadas malas lenguas o lenguas viperinas es necesario que todos los sectores promuevan su reivindicación, así­ como revisar cuantos horrores se han dicho de ellas y recobrar en lo posible su honor mancillado. En efecto, si uno considera desapasionadamente la función social de las malas lenguas se da cuenta en el acto de que, en la mayorí­a de los casos, todo lo que ellas expresan o destilan es la pura verdad y está bien fundamentado. Ejemplos sobran. Incluso la propia prensa independiente debe reconocer su enorme deuda con ellas, así­ como el pueblo raso, que por andar ganándose la vida y toreando a la delincuencia no tiene tiempo ni ganas de enterarse de ciertas cosillas que se suceden por ahí­ y por allí­, como quien dice a sus famosas espaldas. ¿Quién no ha visto iluminados su cognición y su entendimiento, más de una vez, gracias a la oportuna y desinteresada intervención de una bien afilada mala lengua? Hasta el propio gobierno, como no, ha utilizado a las malas lenguas en su provecho, de manera pérfida, aprovechándose de su candidez y credibilidad, sin reconocerles nada a cambio, para propalar especies que en buena medida han evitado saludables estallidos sociales. Las malas lenguas, pues, por lo general y coronel son benévolas e, incluso beneficiosas para la sociedad en su conjunto, compesandoras de la desinformación y el silencio gubernamental, niveladoras de la opinión pública, válvulas de escape de la presión cerebral, etcétera.

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Botellas al mar. Cierto que la botellas arrojadas al mar no parecen tener un destino cuando el propio mundo lucha por no naufragar. Pero aun cuando la visión de la realidad derive hacia el pesimismo y la derrota, hay quienes siguen en el empeño de lanzar al mar mensajes dentro de una botella con la esperanza de que alguien la recoja y, sentado en la playa, al leer el mensaje logre rescatar, por lo menos, un grano de arena de este mundo, y de esa manera celebre el viejo rito de un hallazgo compartido con nadie.