R E A L I D A R I O (DLVI)


René Leiva

Justos por pecadores. Si los técnicos estiman un 30 por ciento de pecadores y un 70 por ciento de justos entre la población económicamente activa, ¿cómo puede ser posible que unos y otros paguen igual e incluso los segundos abonen por los primeros y hasta más que ellos, a final de cuentas? Es que así­ es el sistema, usté. Entonces, ¿de qué vale ser justo si a uno lo van tratar como a vil pecador? ¿Cómo o en qué se diferencia, de forma infalible, un justo de un pecador? ¿Hay un control sobre los pecadores a manera de que sean ellos quienes paguen, como serí­a lo ecuánime? ¿Acaso existen intereses creados para que, a la postre, pecadores y justos sean confundidos, mezclados y enredados unos con otros? ¿Por qué el justo ha de pagar lo que adeuda el pecador, en ese juego diabólico de socializar o nacionalizar las deudas y privatizar las ganancias? Si somos más los justos ?y discúlpeseme por incluirme en ellos?, ¿Por qué hemos de ser subalternos y dominados por los pecadores, que se llevan siempre la mejor tajada y la mejor mazorca, tienen la sartén por el mango, se comen los elotes y también el pato, e incluso son quienes rompen los platos rotos, valga la? ¿No dan ganas de convertirse en pecador, aunque no sea de forma profesional sino cuando el arca abierta así­ lo demande, sólo por apremiante necesidad?

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La cabeza de Gí¼ili. Durante los últimos tres o cuatro gobiernos, varias cabezas fueron pedidas, solicitadas o reclamadas, sobre todo las de ministros de Estado, habiéndose entregado apenas dos o tres de ellas, no sin reservas, pero ninguna se compara a la demanda que tiene hoy en dí­a, todaví­a, la cabeza de Gí¼ili Zapata, el reputado Superintendente de Bancos, una cabeza ya fuera de serie, exigida por tirios y troyanos, montescos y capuletos, mayas e ibéricos, gí¼elfos y gibelinos, liberales y conservadores, letrados y analfabetos, católicos y protestantes, homos y heteros, chií­tas y sunitas, demócratas y republicanos, etcétera. Aunque, bien vista, sin apasionamientos, la cabeza de Gí¼ili no tiene nada de especial, ninguna particularidad o caracterí­stica peculiar, sino más bien parece una cabeza común y corriente si bien nadie sabe lo que guarda en su interior (de haberlo), datos, información, memoria, detalles interesantes, en fin, que casi nunca se aprecian o son apreciables fuera de ella, en la mayorí­a de los casos. Ahora bien, con tanta gente de lo más heterogénea que requiere la cabeza de Gí¼ili, en caso de que las autoridades por fin la entreguen, la cosa no puede ser así­ nomás, al estilo de los románticos tiempos de la revolucionaria guillotina francesa (por cierto, ¿y la ilustre cabeza de Marí­a Antonieta?), sino que procederí­a una sesuda repartición, lo más equitativa posible, siempre que al final el histórico episodio no degenere en actos de barbarie, no más.

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«SALE» de alcancí­a y colchón. En razón de que ya tengo varios en uso, vendo amplio colchón y bonita alcancí­a, nuevos, o sea sin usar, que me sobraron y no tengo espacio donde colocarlos. El colchón es a rayas azules y amarillas, de buena lona, relleno con la mejor lana del altiplano, para cama semimatrimonial, más o menos. La alcancí­a, para variar, es un enorme tecolote cejudo, de excelente loza vidriada, marrón y negro, con amplia ranura para todo tamaño de monedas. Tanto alcancí­a como colchón son hoy en dí­a insustituibles para aquellas personas a quienes les cuesta ganarse el pisto, a base de sudor y lágrimas, pero quieren tener un pequeño capital seguro y confiable para su vejez, la enfermedad o cualquier imprevisto que surja en el arduo camino del pobre pero honrado. (Interesados, localizarme en mi página gí¼ev.)

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Animal polí­tico. En la sentencia de mi maestro Aristóteles, «el hombre es un animal polí­tico», hay un cincuenta por ciento de certeza, porque muchos hacen de la polí­tica una animalada, otros son más animales que polí­ticos (predomina en ellos el animal sobre el polí­tico), algunos animalizan la polí­tica, y los menos politizan al animal que son y que ciertamente somos todos. ¿Cómo despojar de tanta animalada a la polí­tica y hacerla más humana, pero no demasiado humana?