írbol navideño. Un pinabete de montaña, crucificado en su propio madero, exhala perfume de sus heridas en distintas partes del cuerpo.
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¿Todos estamos en el mismo barco? Hhmm. Más bien, unos pocos van en yate de lujo o trasatlántico. Otros en buque mercante, petrolero o barco cisterna. Aquellos en navío de guerra, en portaaviones, acorazados o guardacostas. Los que se deslizan en alegres góndolas ?el agua convertida en vino? al ritmo de una guitarra. Los atroces balleneros, atuneros y camaroneros, depredadores de su propio elemento.
Los hay en goletas de pirata con su bandera negra y calavera. Algunos en calidad de galeotes encadenados a un remo sin dueño. Los ilusos que en carabelas se dirigen al «descubrimiento» de habitadas y civilizadas tierras. La mayoría va en improvisada balsa de troncos mal amarrados, o asidos a una pinche tabla tambaleante. El dichoso barco es más mismo para unos que para otros. Pero que vamos, vamos, y el Gran Puerto, cabalmente, nos espera a todos sin excepción, a mitad o al final del multitudinario viaje.
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Vacaflaca. En el ánimo y en la propia psiquis de mi amiga la vaca flaca confluyen pasiones encontradas que la mantienen inquieta y expectante, al punto de no saber a qué atenerse y cómo conducirse en la vida, de permitírsele. Aunque siempre ha sido discriminada y marginada, lo cual es causa de su flaqueza y escualidez, ahora vienen los expertos a otorgarle nada menos que tres o cuatro años de auge, vigencia y nombradía, a ponerla en los encabezados, primeras planas y sesudos estudios sobre los más alambicados tecnicismos de economía y finanzas nacionales y globales.
Mi amiga la vaca flaca, echada bajo la exigua sombra de una zarza, sin fuerzas para mugir, ve con espanto e impotencia que a la persistente cicatería de negarle alimento y salud, ahora se añada el abominable agravio de asignarle el dudoso emblema de un período de paro y escasez que son ajenos a su naturaleza de madre trabajadora. Es decir, tras la sinrazón de matarla de hambre como parte esencial del sistema, sobreviene la burla de usarla a modo de alegoría de las aberrantes contradicciones de dicho sistema.
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Proliferación de gazapos. Al cabo de muchos años uno aprende y se resigna a vivir e incluso convivir con los gazapos que inopinada pero fatalmente encuentra cuando lee o relee sus efímeros y desechables articulillos periodísticos. (Aquí no puse coma sino punto y seguido. Yo no incluí esta palabra extraña. Colocaron suerte en vez de muerte. Era módico y no médico.) Gazapo también significa cría de conejo, por lo abundantes e inesperados.
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Fumadores exhibicionistas. Miembros activos de la Asociación de Fumadores Exhibicionistas de Guatemala (AFUEXGUA), que pidieron el anonimato, aseguran ver con malos ojos esa odiosa ley antitabaco que les prohíbe mostrar en lugares públicos sus habilidades cinematográficas y teatrales como fumadores más o menos empedernidos, ya que la mayoría de ellos, si no todos, encuentran en exhibirse fumando el verdadero encanto de su pretendido vicio social.
Eso de sacar la cajetilla de cigarrillos, el encendedor, llevarse el pitillo a la boca y prenderle fuego, aspirar el humo hasta que llegue al último alveolo pulmonar, y luego expelerlo con elegante displicencia, es un acto realizado con estudiada y muy consciente mímica, aunque con aire distraído, para impresionar al embobado público, pues toda esa actuación es para los miembros de la AFUEXGUA un derecho de carácter inalienable e intrasferible (sic), según expresaron en medio de toses y escupitajos.