Des-sangre. Los bancos de sangre están sin sangre, secos. Pero sobre el asfalto, en las aceras, baldosas, adoquines, pisos y asientos de camionetas, la sangre es desprendida, generosa, estalla o brota en repetidas rociaduras, tibia, fresca, desbordada. A veces se empoza en charcos o hilillos coagulados, sin más memoria. Las calles viven heridas de muerte, sus cicatrices revientan apenas se cierran. Pero en los bancos de sangre no hay sangre, señores. (La Parca, egoísta y acaparadora, al parecer necesita al menos de entre 20 y 30 transfusiones diarias, no importa el tipo de sangre, en distintas partes del cuerpo.) Mientras en un banco de sangre el polvo se asienta, afuera, la calle es una ubicua hemorragia.
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La insostenible ingravidez del pan. Una vez amasado el aire, se hornean los espectros en serie (y en serio), con apariencia de champurradas, Molletes, pirujos, pan francés, batidas, roscas, cubiletes… Materia prima: algodón, duropor, soplos de viento. El alimento popular por antonomasia ya solo espíritu es, engañosa apariencia, espejismo, nada más que teoría o hipótesis sin sustento. Es necesaria mucha imaginación o fantasía para suponer que, luego de esa farsa cotidiana de masticar y tragar una mera ficción vacía, algo llegue al estómago, sea digerido y mediante el metabolismo alcance a ser sustancia propia del organismo humano. ¿Cómo ha llegado a tener un precio algo que no existe?
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Vaca flaca. Alguna gracia le hace a mi amiga la vaca eso de que se avecina una temporada de vacas flacas en el país de la eterna, cuando ella -asegura- hace mucho que está en los puros huesos, se le cuentan las costillas, secáronsele las ubres, permanece echada todo el tiempo y de todas maneras ya no encuentra zacate que comer. Dice no recordar haber estado gorda alguna vez, si bien ha parido uno que otro ternero, que apenas ha sobrevivido unos días, lo cual ha provocado la cólera de su compañero sentimental el toro, un mantenido bueno para nada. Mi amiga la vaca cree que si se pronostica y divulga su obvia y evidente condición de flaca crónica, eso podría ser el comienzo de que el vaquero oficial al fin se preocupe por ella, la alimente con buen zacate, pasto o forraje y agua limpia, la atienda el veterinario, se le aplique un buen reconstituyente vitamínico, en fin, no con el propósito de engordar, pues eso es imposible en el país de la eterna; más
bien para que la vaca flaca, siquiera como símbolo nacional, persevere hasta el final.
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Delinquir sin uniforme. Una proposición eminentemente constructiva hacia las nuevas
autoridades consiste en que convendría apercibir y prohibir a los señores agentes de la Pe Ene Ce delinquir mientras están uniformados, toda vez que la prestigiosa institución policial y el propio uniforme merecen cierto respeto. Es decir que en tanto lleven el atuendo oficial o el traje distintivo de las llamadas fuerzas de seguridad civil, los señores agentes se abstengan de extorsionar, asaltar, traficar drogas, realizar actos sexuales por la fuerza y contra la voluntad de señoras y señoritas, etcétera. Por el contrario, una vez desuniformados, o sea con la indumentaria corriente que visten las personas más o menos honradas, bueno, si el cuerpo así se los pide, pueden (aunque no deben) hacer parte de la economía informal-delincuencial, pero siempre deben atenerse a las consecuencias legales (digamos).
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Increíble, los niños y jóvenes de hoy dirán mañana que este tiempo fue mejor.