R E A L I D A R I O (DCXXIX)


Diógenes y el polí­tico honrado. Por este medio, Diógenes el Cí­nico se permite informar a todos los interesados que su famosa lámpara, farol o linterna se encuentra en buen resguardo, por lo que de ninguna manera la puede prestar a quienes pretendan utilizarla para buscar –y menos aún encontrar– al polí­tico honrado, si fuera esa su ilusoria intención. Incluso Diógenes asegura que la frase polí­tico honrado encierra un claro contrasentido que violenta la más elemental lógica, por ser una obvia antí­tesis que lleva en sí­ misma su propia negación, ya que ambas palabras, honrado y polí­tico, se excluyen, como si fueran polos opuestos, uno positivo y otro negativo, según el célebre filósofo nacido en Sí­nope. (No obstante, un tanto remiso, Diógenes aceptó que en este asunto puede darse una que otra rarí­sima excepción honrosa, para que su lámpara serí­a, ciertamente, indispensable, incluso en pleno dí­a.)

René Leiva

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Todo el peso de la ley. Si la faena de establecer o fijar el peso de la ley, cualquier ley, nunca ha sido posible, más arduo resulta el siquiera concebir todo el peso de la ley, ni una onza o gramo de menos; o sea su pesantez, cargazón, fuerza o gravamen completos. Filósofos del derecho, jurisconsultos, jurisperitos, legisladores, jueces y abogados consultados han fracasado en tan solo intentar el esbozo de una cantidad aproximada que, por nunca regla o norma, debe pesar una determinada ley en su totalidad, nunca por partes o en porciones discrecionales o relativas. Es decir que una ley digna de tal nombre debe ser considerada por su peso neto, sin tara, añadidos o deducciones; libre de envases; puro contenido bien definido y delimitado. Pero volvemos a lo esencial: ¿de qué peso legal estamos hablando? En el paí­s de la eterna, cuando los legos en la materia leemos o escuchamos decir que a un delincuente o criminal le debe caer todo el peso de la ley nuestra pobre mente se queda desorientada, sin referencias concretas, in albis (en blanco). ¿Ley, peso, todo. . .? ¿Caer? ¿Y de qué altura cae una ley, en el entendido de que dichas abstracciones están como suspendidas en lo alto?

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La justicia y la culebra. Si algo detesta, abomina y rechaza mi amiga la culebra es eso de que la comparen o equiparen con la justicia que opera en el paí­s de la eterna, pues asegura ser pobre y rastrera pero honrada y ecuánime a la hora de morder o picar, en todo momento y lugar, como bien lo sabe la gente del campo. Mi amiga la culebra ignora de dónde procede la difundida especie según la cual, a semejanza de la justicia, ella sólo muerde a los descalzos; en base a que estudios ofí­dico-jurí­dicos se perpetra tal desaguisado; qué oscuros propósitos se persiguen al desacreditarla de esa manera artera y falaz y por demás anticientí­fica. Asegura mi amiga la culebra que ella nunca anda discriminando entre descalzos y calzados, ya que en más de una oportunidad ha hincado el ponzoñoso colmillo en finas botas, botines, tenis e incluso en zapatos de marca, importados, lo cual, hasta donde ella entiende y le consta, jamás ha realizado la diosa justicia en el paí­s de las llamaradas de tusa y las cortinas de humo.

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La razón acumulada. En Abstencionistas Anónimos sentimos pena y vergí¼enza cí­vicas al corroborar, cada cuatro años, que nuestra inhibición eleccionaria, por dialéctica, cientí­fica, histórica, tiene sobrada razón de ser, desgraciadamente, desafortunadamente.

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Cuidado, entre el optimismo y el masoquismo no hay más que un paso.