Biocombustible humano. Según ha trascendido en medios científicos y de la más elevada tecnología de punta, varios equipos europeos, gringos, israelíes y japoneses, principalmente, están en estos momentos afanados, contra reloj, buscando la manera de extraer biocombustibles, o sea hidrocarburos tipo etanol, de los seres humanos, toda vez que se ha comprobado que la sangre, huesos, músculos y órganos del homo sapiens son una rica (e inexplotada) fuente de biocombustibles limpios de óptima calidad y alto octanaje, para toda clase de motor, máquina o aparato que necesite de ciertas substancias energéticas para ponerse en movimiento o funcionar, incluidos los automotores. Es decir que no únicamente del maíz o la caña de azúcar, por ejemplo, puede sintetizarse etanol, sino, también quién lo creyera, del cuerpo humano, sin importar raza, sexo, edad o religión, lo cual, al margen de consideraciones o prejuicios éticos, vendrá a revolucionar el concepto y la aplicación del biocombustible, y también tomando en cuenta que el planeta Tierra está sobrepoblado, que la propia población envejece, y que la eutanasia es una práctica virtual o potencial. (La población humana sobrepasa, con creces, a la de mis amigos los chimpancés, orangutanes, gorilas, mandriles, macacos y monos aulladores, dicho sea con todo respeto y sin ofender a nadie en particular.) Nuestro organismo es una máquina de combustión. Combusto, luego existo. Sin combustible no somos nada. (Con información del glorioso Ministerio Sin Energía Ni Minas (-MISENIM-).
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No hay coyotes sin loma. Un inquieto lector (vía buzón electrónico de madera sin cepillar) me pregunta que fue primero, si los coyotes o la loma, como si yo fuese experto en la materia. Bueno, creo que en el principio las lomas estaban diseminadas sobre la faz de la tierra mucho antes de que aparecieran los primeros coyotes (en ese tiempo se decía dinosaurios de la misma loma), que en su comienzo eran inocentes, ingenuos y entregados a su naturaleza de simples mamíferos carnívoros, pero con la institución del Estado, el Gobierno, el contrato social, las leyes, las relaciones económicas, comerciales, agrícolas y financieras, etcétera, los señores coyotes a la vez fueron agrupándose y escogiendo, por decirlo así, la loma que más les gustaba y convenía a sus intereses particulares o de sector, o se sentían más identificados. Es decir, no es la loma la que hace a los coyotes, sino al revés, son los coyotes quienes hacen a la loma, pero se llega el tiempo fatal en que coyotes y loma se hacen indiferenciables, gracias a la simbiosis en todos los sentidos que se crea con tal relación indisoluble. Pero así como, por fortuna, todavía se conservan algunas lomas sin coyotes, es imposible e inconcebible la existencia de coyotes sin loma; sencillamente absurdo e ilógico. Sin los coyotes las lomas sólo son elevaciones del terreno como parte del paisaje; pero son ellos quienes les confieren personalidad especial y esa enorme influencia entre la ciudadanía que todavía asiste a las urnas, cree y confía en el gobierno: de turno, por ejemplo. Antes de los coyotes con espíritu gregario o gremial las lomas carecían de gracia e importancia, al punto de que toda loma es la misma, la misma loma.
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Grass y el caracol. Por extraña casualidad ?que no coincidencia? llegó a oídos de Gí¼nter Grass, por interpósita voz, que en un paisito llamado Guatemala, en América Central, un oscuro articulista le puso de nombre «Saltos de caracol» a su columna periodística, en el Diario La Hora de aquel lugar, frase debida precisamente a don Gí¼nter, quien en algún texto o entrevista aseguraba que el caracol no da saltos, aunque por supuesto la intención de dicho columnista no ha sido desmentir, rebatir ni llevar la contraria a Grass, aun cuando lo asegurado por el gran escritor alemán estaba en un contexto no biológico ni zoológico sino más bien como una metáfora social y cultural.