Aquiles, el trono y la Cenicienta. En el país de la eterna existen al menos tres espacios políticos tradicionales más o menos delimitados que, sin embargo, los analistas, los observadores y los expertos no logran identificar ni definir con la exactitud que ameritaría: La Cenicienta del Estado, el poder tras el trono y el talón de Aquiles del gobierno de turno. Y esta falta de determinación obedece a que dichas situaciones -para emplear un término también vago- son más bien difusas, cambiantes, con propiedades de alternancia. Existe al menos media docena de dependencias estatales marginadas y postergadas que rivalizan por ser la verdadera Cenicienta; por estar precisamente tras el solio, casi en la sombra, moviendo con mucho sigilo y cautela los hilos de la trama, no es fácil distinguir con claridad a dicho poder; y ante los muchos puntos débiles o vulnerables del gobierno, podría asegurarse que el pobre Aquiles tiene más talones de los que ha dispuesto la madre naturaleza para los humanos, así se trate de un héroe legendario, como es el caso. (Más de algún analista fantasioso sostiene que Aquiles es el poder tras el trono y que el talón de la Cenicienta viene a ser el propio Estado.)
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La duda en pequeñas dosis. Es cierto que la duda es más antigua, más influyente y poses mayor volumen y densidad que la certeza, pero eso no debe significar el cometer la supuesta generosidad de andar por ahí otorgándola a diestra y siniestra en calidad de beneficio para determinado individuo, grupo o institución. Y cabalmente, como un gran favor, merced, servicio o gracia que es, la duda debería concederse en pequeñas dosis y con fecha fatal de vencimiento, además de ser obligado realizar un análisis o estudio previo de la situación, o sea si el beneficiario en verdad la merece y es digno de ella. ¿Cuántas veces no se ha visto que el favorecido por la duda abusa de ella hasta límites vergonzosos, incluso pidiendo más, otro poco, desnaturalizándola de una vez? Aunque es abundante y ubicua, la duda nunca debe desperdiciarse otorgándola a quienes con mofa y menosprecio de dilapidan o la tiran al bote de la basura, y todo porque nada les cuesta. (Las dudas de mejor calidad nunca son improvisadas, antojadizas ni caprichosas; son el resultado de largos años de observación, estudios comparativos, profundas meditaciones, experimentación en carne propia, etc.).
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La extinción de los últimos. Cada día, mes o año muere algún último. Dentro de una morbosa tradición europea-occidental. El último tenido por tal, con o sin su conocimiento y/o anuencia. El desfile oficial de los últimos comenzó el último cuarto del siglo XX, y a estas alturas del XXI ya son los últimos que van quedando, que sucumben a su propia posteridad. ¿Quién fue el primer último? A saber; pero desde entonces la sucesión de finalistas no cesa, pues al parecer el conjunto de quienes integran la saga está por concluir de forma definitiva, toda vez que detrás de ellos ya no queda nadie, se supone. El último de los románticos, el último clásico, el último surrealista, para poner tres grandes ejemplos, pusieron punto final y decisivo a su respectiva especie o clase, pero les queda la marca de ser los más recientes, a la vez, ya sin otro semejante ni después, porque no hay un posterior ni un detrás. Con los últimos se acaba todo y no queda nada. El fin parcial de la totalidad.
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España: volvió a ganar el humanismo; otra vez perdió el fascismo/falangismo (al menos para consumo interno).