BUENAS INTENCIONES. Quienes han estado en el infierno de paso obligado a otras regiones del más allá, como simples turistas, en calidad de huéspedes, invitados especiales, o bien por haber sido privados, de por muerte, de la bienaventuranza eterna, aseguran y dan fe de algo que se sabe desde hace mucho tiempo:
Que el camino hacia dicho lugar aborrecible está empedrado de buenas intenciones, así estas se hayan proyectado en lo individual, lo colectivo, institucional, nacional o regional; o sea que no importa si las buenas intenciones están dirigidas a lo singular o a lo plural, corroboran los expertos en este siempre discutible asunto a caballo entre dos dimensiones no demasiado disímiles.
Ergo, si no se quiere contribuir al empedramiento del camino que lleva al infierno tan temido (o mal comprendido), debe tenerse sumo cuidado con eso de concebir intenciones, propósitos o designios de supuesto signo beneficioso, conveniente o útil, sea para provecho personal, municipal o nacional, pues dicho y comprobado está que una buena intención equivale a una robusta piedra ajustada a otra similar que cubren el suelo de ese ubicuo, insidioso, acechante, disfrazado, mimético camino del (o al) infierno tan temido (o mal comprendido).
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LOS PIES DEL GATO. En amena charla de sobremesa, luego de frugal pero provechosa cena, entre bajas y altas horas de la noche, con fondo melodioso de grillos y uno que otro ladrido lejano, mi amigo el gato me aseguraba estar dispuesto a someterse a examen anatómico para comprobar que él no tiene tres (3), como algunos creen, sino que posee cuatro (4) pies, y eso desde tiempos remotos, inmemoriales e incluso prehistóricos, cuando el homosapiens era más bien homo ignorantis. Quienes le buscan tres pies, asegura mi amigo el gato, sabiendo de sobra que son cuatro dichas extremidades (y no únicamente él sino muchos otros cuadrúpedos, incluyendo a cierto antropoide pretensioso y prepotente), sólo demuestran su mala fe, acrisolada malicia, perversidad congénita, segundas y hasta terceras intenciones, una osadía rayana en la imprudencia, irresponsabilidad malsana, un riesgo digno de mejores causas, etcétera. Por buscarle tres pies –asegura mi amigo el gato– Adán y Eva descubrieron avergonzados su desnudez, Caín pasó las de Caín, Judas terminó ahorcándose, e infinitos et caetera.
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“Una luz al final del túnel puede ser efecto del fósforo, por exhumación natural, de las osamentas.” (Esternón de Abdera, siglo V a. de J.C.)